09 octubre 2017

Carmen la ópera más conocida

Carmen era la ópera estrella de la presente edición del Festival de Munich; la más esperada entre las quince que componen una programación a la que se añaden ballet, conciertos y recitales. Además, es la última producción del teatro antes de su cierre por todo un año a fin de cambiar la técnica del escenario. Las puertas se volverán a abrir para el próximo festival, estrenándose la nueva maquinaria con tres producciones y poco después, para la temporada 9394, se incorporará la nueva dirección. Wolfgang Sawallisch abandonará el cargo de director general musical, que ha venido desempeñando durante más de 20 años, para colocarse al frente de la Orquesta de Filadelfia, sucediendo a Ricardo Mutti. Su actual cargo se dividirá entonces en dos: un intendente -Peter Jonas, de la Opera Nacional Inglesay un director principal -Peter Schneidert- que deberán abordar una renovación que el público espera con escepticismo. Y Carmen nació estrellada. Su protagonista, Agnes Baltsa, comenzó a sentirse incómoda con la producción y sus compañeros de reparto.


Su Don José -el fortachón Thomas Mosser- no le seducía nada y menos tener que mostrarse sensual con él e incluso desnudarle en la escena de la taberna y mucho menos casi dejarse violar sobre el asiento del coche en el que llega a la plaza de toros el torero Escamillo en el último acto. Con esa típica astucia de gitana mediterránea se las apañó para comerle la moral al punto que Mosser decidió dejar para mejor ocasión su debut en un papel para el que la Carmencita le había convencido de estar verde. Pero la Baltsa siguió encontrando y creando problemas y siete días antes del estreno decidió poner pies en polvorosa. 

Presentó un certificado médico, hizo las maletas y se fue a cantar la habanera a Zurich por las mismas fechas, corneando no ya a Don José sino a toda la ópera de Munich. Apúntese ahora como desagravio que no es extraño que se sintiera incómoda en esta Carmen, absolutamente tradicional pero plagada de esas típicas tonterías que comete un responsable escénico -Lina Wertmüller- que no ha estudiado en profundidad ni el texto ni la música de la obra de Bizet y, sin fuerzas para entrar en el vanguardismo, trata de ser original a base de detalles absurdos.

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