16 julio 2017

Los pies de Marilyn Monroe

No soy fetichista, pero me gustan los pies. Si yo tuviera unos pies bonitos le estaría tan agradecida a la vida que no habría quien me tosiera. Palabra de honor. Ignoro qué pensarán ustedes, pero donde estén unos pies desnudos y bien recogiditos (indispensable hacerse la pedicura) que se quite todo lo demás. La industria del calzado, sin embargo, parece que no está por la labor de mimar los pies de la gente, ni siquiera los pies femeninos, porque de unos años a esta parte las sandalias han caído en franco desuso y todas las mujeres vamos uniformadas a ras de suelo con unos armatostes espesos que no son sino auténticos potros de tortura. 

Desde que no se llevan las sandalias, nosotras, las mujeres, nos sentimos más oprimidas y marcamos el paso con zapatos ortopédicos y mojigatos que tapan el empeine como si fuera un pecado. Aunque los diseñadores pongan luego mucha transparencia en las faldas y mucha flojera en el escote, ya no es lo mismo. 

Igual que las casas se empiezan por los cimientos, los cuerpos también deben empezarse por los pies.

Qué quieren que les diga: A mí siempre me han gustado los zapatos con mucho escote, con tanto escote que parezca que no existe el zapato. A lo mejor se trata de alguna fijación freudiana, no lo niego. En cualquier caso es un gusto consolidado desde la más tierna infancia. Cuando yo era pequeña, las artistas tipo Anne Margret o Marilyn Monroe enseñaban mucho el sex appeal de los pies, y hasta había alguna que de tanto aficionarse optó por ir descalza, como es el caso de Brigitte Bardot, que de rodillas para abajo siempre fue la más liberal, la más suelta, la más frescachona y volteriana, la más eso. Hoy las muchachas jóvenes apuntalan sus cuerpos de cariátides sobre unos tobillos científicamente perfectos, pero se empeñan en distorsionar la perfección de su arquitectura calzándose unos zuecos espesos, monumentales, unas botas militares de aspecto tétrico y unas zapatillas deportivas que apestan de sólo mirarlas.

Ni ligueros, ni lencerías incómodas, ni apreturas, ni bodis incompatibles con las urgencias fisiológicas. Todo eso es un atraso. El morbo está en los pies. También en los pies se refleja el alma ondulante de las mujeres.

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