06 junio 2016

Los adolescentes sólo aspiran a ser famosos

Me gusta imaginar de qué habla la gente cuando no puedo escucharla. 

Por ejemplo, en las fiestas. Veo a una pareja en un rincón, discretamente apartada. Me fijo en sus caras, en sus gestos, en la forma en que se miran. Y juego a adivinar qué se dicen. Hago lo mismo en la calle, en el AVE, en el cine, en el metro. De esos atisbos a veces surgen ideas o retazos de personajes que acaban formando parte de mis ficciones. Y es curioso, porque la vida no suele darme ocasión de confirmar mis conjeturas, pero las pocas veces que lo ha hecho -de pronto cesa la música y llegan hasta mí las palabras de la pareja, o los que hablan son conocidos míos y yo mismo les pregunto- han bastado para hacerme sospechar que casi siempre me equivoco.

Para muestra, un botón. Feria del Libro de Valladolid. Es martes por la mañana y hay poco público. A la altura del pabellón infantil vislumbro a una amiga editora. Está dentro de su caseta, parapetada tras el mostrador lleno de libros, hablando con una mujer. 

A medida que me acerco tomo nota de la situación. La mujer, a todas luces una visitante de la Feria, lleva el pelo muy corto, unas gafas rectangulares de color rosa, vaqueros rotos y unas botas que le llegan más allá de las rodillas. Botas de pirata, me digo. Lleva también un perro, ignoro de qué raza. Una especie de galgo, con el hocico puntiagudo y las patas muy finas. Mi amiga sonríe, asiente, se sujeta el pelo tras la oreja. Imagino, como es natural, que hablan de libros. Que la mujer le ha pedido consejo o se ha interesado por algún título o autor. Al llegar digo hola y descubro que, una vez más, me he equivocado. No hablan de libros, sino de perros. 

Samuel -así se llama el galgo- está deprimido y lleva varios meses en tratamiento psiquiátrico. Hace pis por toda la casa y se esconde tras el sofá para no tener que salir a la calle. Según el etólogo -el psiquiatra canino- lo que le pasa es que se siente traumatizado por algo. Traumatizado, dice la mujer, y también un poco solo, ya que ella es el único familiar que le queda. Como lo oyen: «familiar». A continuación se despide y desaparece con Samuel entre las frondas del parque del Campo Grande. Mi amiga me mira, suspira, se encoge de hombros y dice: «Podía al menos haberme comprado un libro».

Nada más lejos de mi intención que incomodar a quienes tienen mascotas. En mi casa hubo varias, sobre todo durante mi infancia, y sé el cariño que se les puede llegar a tener y la tragedia que supone su pérdida. Pero no entiendo que se les trate como si fueran personas. Porque, sencillamente, no lo son. Y eso no es lo único que no entiendo. Tampoco entiendo esa moda actual de la sinceridad, ese empeño casi generalizado, especialmente entre los más jóvenes, en decir siempre lo que uno piensa. «Yo soy auténtico», dicen. «Yo voy siempre con la verdad por delante». 

El Síndrome de Gran Hermano, lo llamo yo, no por 1984, la genial novela de George Orwell, sino por los concursantes del reality televisivo, ilustres abanderados de la franqueza a quemarropa. Alguien debería explicarles que decir siempre lo que se piensa, sobre todo si nadie te ha preguntado, no es una muestra de solidez moral, sino de una inmadurez galopante. Ni siquiera los niños dicen la verdad todo el rato. Hay innumerables motivos para, en determinadas circunstancias, guardarnos nuestras opiniones. Por discreción. Por piedad. Por educación. Por respeto. Por elegancia -esa gran desconocida-. Por amor. Por pura supervivencia… Y lo que más me llama la atención es que, por lo que veo, ese candor temerario es estrictamente unidireccional. Es decir, si a algún incauto se le ocurre pagar a estos adalides de la sinceridad con la misma moneda, si alguien se planta y les dice lo que piensa, entonces arde Troya. Puños de hierro y mandíbula de cristal, como dice un amigo mío.

Y hablando de amigos. Yo tengo pocos y de hace muchos años. Amistades cocinadas a fuego lento, algunas de ellas desde la infancia. Por eso me maravilla que ahora, con la invención de las redes sociales, los internautas lleguen a contar a sus amigos por miles. O yo soy un individuo asocial -cosa que no descarto- o en los últimos tiempos el significado de la palabra «amigo» ha cambiado bastante. Miles de amigos: no lo entiendo. No entiendo por qué hoy en día son los alumnos quienes mandan en los colegios ni por qué ya casi nadie quiere estudiar carreras de Letras. No entiendo que en los anuncios publicitarios se insista tanto en que seamos «nosotros mismos». ¿Acaso, por suerte o por desgracia, podemos ser otra cosa? No entiendo que, según se desprende de una encuesta sobre expectativas profesionales, muchos de nuestros adolescentes sólo quieran ser «famosos». 

No entiendo lo que ponía en la camiseta de un hombre con el que me crucé el otro día en la calle: «Nunca pienses las cosas dos veces». Y, puestos a no entender, no entiendo por qué me tengo que llenar yo el depósito en las gasolineras, ni por qué las series de televisión españolas son tan mediocres, ni por qué sigue haciendo tan malo, si ya estamos en junio. Hay muchas más cosas que no entiendo -muchísimas-, pero se me acaba el espacio. Y se me ocurre que quizás por eso me dedico a escribir: porque no entiendo casi nada.

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