25 febrero 2016

He emigrado a la India

La historia de Rosa Esteban, alicantina de 43 años, separada y con una hija, Candela, de ocho, ilustra la de tantas otras españolas que han descubierto la alternativa a un estilo de vida -para el que no parecían haber sido programadas genéticamente-, y la han convertido en una hábil salida para escapar de la crisis que ha azotado a Occidente tras el estallido de la burbuja económica.

Corría el final de la década de los 90, el siglo XX exhalaba sus últimos estertores y Rosa se sentía harta y cansada de dejarse los pies y varices en el centro de peluquería y estética en el que llevaba tres lustros sacando brillos por cuenta ajena. A veces, miraba al cielo y se preguntaba qué podría hacer con su vida. ¿Empezar de nuevo en algún lugar lejano? Entre pregunta y pregunta, conoció a una persona que se dedicaba a vender en mercadillos la ropa que traía de la India y, sin pensárselo demasiado, pidió el finiquito y decidió acompañarle; a probar o, al menos, a tomar distancia. 

Y surgió el flechazo: «De repente me sentí como en casa», cuenta bajo el acusado sol de otoño que se filtra entre los árboles de un coqueto jardín de Pushkar, un idílico oasis en el desierto del Rajastán, famoso por la calidad de sus telas y de su plata y, a la postre, celebrado punto de encuentro por antonomasia entre mercaderes de Oriente y Occidente. 

Mientras él compraba, ella envió a su casa en España un paquete con ropa que vendió a su vuelta; el dinero le sirvió para pagarse aquel primer viaje iniciático. «Era, como dicen los hindús, como si ya hubiera tenido una vida aquí», rememora. A ese primer contacto le siguió un segundo, esta vez más profesional, con otro colega que fabricaba ropa también en Tailandia y que le propuso unirse a él desde la India. Así fueron pasando los años, tuvo a su hija y, en 2005, ya con cierto bagaje, se lanzó a crear su primera gran producción bajo la marca Candora, mientras se construía una cartera de clientes a los que nutrir. En 2016

 montó Aditia GG, una guesthouse (casa de huéspedes), experiencia de la que ya sólo queda un recuerdo agridulce. Y hoy, dos años más tarde, se dispone a trasladarse a la India definitivamente junto a su hija. «Ahora sí es viable», aclara entre sorbos de chai (el dulzón té indio con leche y jengibre). «Tengo un equipo de trabajo, somos tres hermanas en el negocio. Ellas se dedican a la venta y yo a producir. 

Y estar aquí me permite concentrarme más en el trabajo. Hay que tener en cuenta que lo que allí se fabrica en dos semanas aquí tarda tres meses. Además» -narra tomando aire-, «igual que aquí me siento acogida, parece como si España me rechazara. Ya no por la crisis, que es la que básicamente me ha empujado a dar el paso, sino también por las energías. Todo el mundo está deprimido. 

Y…» -se queda unos segundos pensando-, «hay una niña que tiene la edad de mi hija y a la que he visto crecer vendiendo en los mercadillos indios desde que tenía dos años. El otro día me la encontré con una sonrisa de oreja a oreja. Ha entrado en el colegio. ¡Mi hija llora cada vez que tiene que ir! Creo que es bueno que aprenda ciertos valores. Este país es paradisíaco, te ofrece mil oportunidades; de trabajo, de calidad de vida. Hay una actividad increíble. Y, pese a la burocracia, veo todo más fácil que en España. En el tiempo que llevo aquí ya me han ofrecido cuatro negocios. La gente está loca por hacer cosas».

A esa misma conclusión llegó Katia Mariucci, una española de 35 años, de origen italiano y bagaje luxemburgués, que aterrizó por primera vez en la India hace 11 años, siguiendo el rastro, para su tesis de Literatura en París, de Pier Paolo Passolini y Alberto Moravia [autores de El olor de la India y Una idea de la India], quienes habían estado viajando por el subcontinente en los años 70. «Nada de misticismos», ironiza. «En 2000 todo lo que viví era perfecto, ideal, aunque te impactara la visita, por ejemplo, a una casa de leprosos. Cuando regresé a casa lloré. Lloré mucho. 

De pena. Quería volver.» Katia, que trabajaba en el departamento de RRHH de una multinacional, decidió vender el piso y «con familia y amigos en contra, me volví a la India», explica sin aspavientos. «Todo el mundo empezaba a hablar de Pushkar como el lugar de la ropa y yo buscaba algo de lo que poder vivir, no sabía qué hacer. Así que me puse, y descubrí que podía fabricar ropa. ¡Pero no tenía ni idea!», confiesa entre risas. «Al principio, sólo diseñaba cosas para mis amigos y hacía mercadillos en festivales pequeños. 

Pero conocí a Álvaro [un valenciano de Alzira, hoy su pareja y socio en la firma Home Street Home], y empezamos a trabajar juntos.» Katia, que conversa pausadamente, amplía ese juntos a la India, en calidad de país emergente. «Nosotros no tenemos formación de patronistas y, en cierta medida, todos, indios y occidentales, hemos aprendido sobre la marcha. 

Esto en Europa jamás podría pasar. No sólo por la comodidad de estar dentro de la fábrica y poder seguir paso a paso el producto, algo que allí tampoco podría suceder, sino por las ganas que hay aquí de hacer cosas nuevas. En 10 años, no imaginarías el dinero que se ha hecho en Pushkar. Y nosotros, sin ellos, no seríamos nada», revela enfatizando su decisión de haber apostado por una nueva existencia en el subcontinente.

Katia y Álvaro, siguiendo la máxima de «hay que devolverle algo a este país que tanto nos ha dado», quisieron montar una escuela-taller para los desfavorecidos, como hace Rosa Esteban, que reinvierte parte de sus ganancias con la venta en Europa comprando material escolar para colegios de su localidad. 

Pero guardan un recuerdo agridulce de su intento. Ahora se encargan de proyectos más personales, como el cuidado de un baba, un anciano al que costearon una operación de cataratas. Y trabajan con niños de la calle, su idea inicial, utilizándolos de cotizados modelos para sus catálogos. «No sólo ganan su dinero sin tener que pedir, también se dignifican porque, como dalits [casta de los intocables], no les suelen dejar entrar en ningún lugar.»

Dignificar, esa es la cuestión que llevó a Silvia Juárez, una diseñadora industrial valenciana de 30 años, a enseñar en una prestigiosa escuela ubicada en el centro de Nueva Delhi. Tras una beca Leonardo en Inglaterra, dio sus primeros pasos profesionales en Manchester y en esa misma ciudad «gris», subraya, decidió buscar otro trabajo que la sacase de allí. 

Y surgió la India. «Recuerdo ver este país en Españoles por el mundo, junto a mi chico, y decir: ¡Jamás viviría ahí!», sonríe con franqueza. «Al principio me costó acoplarme, pero también me gustó la energía que se respira o el hecho de que todo esté tan por hacer que no haya normas para nada», un añadido mágico que les ha llevado a plantearse una vida a largo plazo en el país. 

«Mi contrato es de dos años, pero luego, ¿cómo vuelvo a España? ¿Quién me asegura un trabajo? Escuchas a tus amigos, lees y ves lo que hay..., y aquí tengo un buen puesto de trabajo, bueno para mi currículum, y además una mejor calidad de vida. En la India se vive muy bien, si pudiera traerme a mi familia, ni me plantearía volver.»

Un país en crecimiento es igual a libertad y experimentación. Una sencilla ecuación que, como en el caso de Silvia, también parece resolver todas las incógnitas de Raquel Cózar, una madrileña de 39 años, diseñadora de moda, con la que comparte sala de profesores en el mismo centro educativo.

Raquel, licenciada en Bellas Artes, con formación en Diseño de Moda en Nueva York y Milán, la Escuela Superior de Moda de París o el Istituto Europeo di Design de Madrid, trabajó mucho con diseñadores de primera línea como David Delfín o Roberto Torretta. 

Pero, con la llegada de la crisis y dos hijos que alimentar -con los que volvió a casa de sus padres y que en la actualidad viven con su ex marido-, llegó también la necesidad de ampliar fronteras para un inmediato futuro laboral. Casi por la misma regla de tres, y tras un par de intentos fallidos de oposición a la Enseñanza Secundaria, envió su currículum a una empresa de Singapur para un puesto de profesora. Le ofrecieron una vacante en Filipinas, Sri Lanka o la India. 

«En ese orden», aclara con una carcajada. «Me decanté por la India. Y sí, como Silvia, creo que si hay algo excitante en este país es el hecho de que hay tanto por hacer y descubrir... Mi sensación es que trabajo con indios, no para indios. Y me da mucha pereza volver a España, aunque el tema de mis hijos está aún por resolver. Me los traje este verano para ver si se aclimataban y no les gustó demasiado. De momento, me quedo los dos años de contrato.»

Niños, niños, niños. La gran cuestión. Elisa Caro, jienense de 39 años, profesora de Educación infantil, siempre tuvo claro que cualquier futuro pasaba por la India. Así, tras su experiencia como viajera primero, madre después, y finalmente aspirante a «una nueva vida», descubrió que su formación casaba a la perfección con la demanda de los centenares de expatriados que, amén de las principales ciudades del país, también pueblan sus costas del sur. Occidentales, en su mayoría, que abren negocios de temporada en Goa y que no saben dónde enviar a su hijos en edad de parvulario. «Llevaba muchos años viviendo en Londres, y allí ejercía de directora en una guardería. 

Pero había tenido a mi hijo, Adil, y quería cambiar de aires», cuenta esta granaína de corazón con un deje de sorna. «¿Y cómo me iba a España, con la que está cayendo?» En uno de sus viajes a la India, donde volvía una y otra vez buscando su hueco, Elisa encontró a su anillo al dedo profesional: una alemana formada en Pedagogía que también aspiraba a vivir en la India. Juntas fundaron Vrindhavan Kindergarten, en Patnem Beach, al sur de Goa. 

«Aquí hay muchos británicos y alemanes. Yo tenía mucha experiencia con niños ingleses y Tanja [su socia], con la Escuela de Waldorf alemana, así que vimos que nos complementaríamos a la perfección.» Elisa resalta que los niños no sólo crecen con más libertad, sino que en la cultura hindú siempre son bien recibidos, «nunca molestan, como ocurre en España». 

Y apostilla, con una amplia sonrisa: «En la India puedo trabajar en lo que me gusta y para lo que he estudiado; puedo comer pescaíto frito si quiero, o tumbarme en una hamaca si busco relajación. ¿Qué más puedo pedir?» «Que ojalá la India jamás se contagie de los valores de Occidente», concluye Rosa.

Los países elegidos por los españoles para emigrar son, según Adecco: Alemania, Escandinavia, Francia y Reino Unido. Además, Argentina, Chile, México y Brasil. Por último, los emergentes de Europa del Este como Polonia y la República Checa.

En los últimos años, se ha incrementado en un 25,6% el número de españoles mayores de edad residentes en el extranjero. Hoy son 1.509.333.

Perfil del emigrante español: joven, entre 25 y 35 años, sin responsabilidades familiares y con perspectiva de hacer carrera. Las mujeres valoran, además, un buen ambiente laboral y la flexibilidad de horarios.

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