06 junio 2015

Samuel Beckett escribió las mejores obras dramáticas

Un personaje suyo no hubiera tenido muerte distinta: se ha ido en el más absoluto de los silencios. Si se recuerda el intenso valor dramático que él dio al silencio en sus piezas teatrales, poco ha de extrañar. Ha sido una mera cuestión de coherencia. 

Bosquejar un análisis del teatro de Samuel Beckett, una de las obras dramáticas más complejas de este siglo, en las pocas líneas que impone un comentario periodístico sería traspasar con creces los limites de la impertinencia. Por el contrario, resulta difícilmente resistible la tentanción de subrayar, siquiera brevemente, una herencia impagable que Beckett nos ha legado: la utilización especificamente teatral de la palabra. En sus obras, plagadas de silencios y casi huérfanas de indicaciones escenográficas -muchas veces duros y escuetos monólogos cargaados de sentido- la palabra aparece simpre tratada con una intensidad, una economía y un rigor que la arrancan, con perdón, de las fronteras de la literatura y la convierten en un elemento más teatral que la más teatral de las tramoyas. 

Beckett logró la cuadratura del círculo: colocó la palabara en ese imposible lugar que intenta unir -¿o separar?-, sin conseguirlo, literatura y teatro. Sufrió su obra dramática en España un doble juicio errado. Etiquetada con urgencia como «teatro del absurdo» o «teatro surrealista», se ejecutó de inmediato el conocido sofisma que asegura que las vanguardias del pasado ya no pueden ser vanguardias y se la envió al cajón de la Historia. Por añadidura, muchos de quienes deberían haber apreciado mejor la violenta modernidad de sus textos andaban preocupados por conseguir un teatro explícito y accesible que mal casaba con la aparente abstracción del teatro beckettiano. 

Felizmente, en los últimos años, una serie de montajes, conferencias y debates en tomo al teatro de Beckett, celebrada en el Círculo de Bellas Artes de Madrid, permitió un reencuentro que puso de manifiesto la actualidad de su obra dramática. La herencia, en suma, no se ha perdido: no por casualidad, un pequeño local abierto recientemente en Barcelona por el Teatro Fronterizo, lleva por nombre Sala Beckett. Dada la afición de nuestra cultura a conmemoraciones y homenajes varios, no sería de extrañar que el fallecimiento de Samuel Beckett diera lugar a la revisión de alguna de sus piezas. Bueno sería que tal responsabilidad recayera en quienes son capaces de extraer de ellas la radical actualidad de su austeridad y sus silencios frente a toda tentación de verborrea teatral.

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