30 mayo 2015

La mala muerte de Nicolai Ceaucescu

Está relativamente cerca de aquí, posee aeropuertos y escuelas superiores de arte e ingeniería, alguien se ha venido ocupando de podar regularmente los macizos de sus parques, las familias urdían planes para celebrar la Navidad un poco bien y sus habitantes hacían por entenderse en un idioma entrañablemnte parecido al nuestro. 

De pronto: Ochenta mil muertos, fosas comunes tan parecidas a las de Auschwitz, jaurías enloquecidas acribillando a la población y, por último, la ejecución sumaria del tirano, como si corriera mucha prisa desembarazarse de su persona una vez rota su tiranía. Se entiende el júbilo popular ante la mala muerte de Nicolai Ceaucescu y de su esposa cuando están tan abiertas las heridas que, por otra parte, sus partidarios siguen infringiendo. Se entiende y, desde esa realidad de emociones al rojo vivo, puede hasta justificarse esa sed de venganza, pero no así la celeridad de las autoridades rumanas en deshacerse del sátrapa, que han hurtado a su país, más necesitado de justicia, claridad y renovación que de espíritu de revancha, la ocasión de oro para penetrar hasta en el último intersticio de la dictadura derrocada, como así lo entienden sectores cada vez más amplios en la propia Rumanía. 

Demasiado bien se entiende esa prisa de algunos por deshacerse del incómodo testigo que, en juicio público, hubiera repartido mucho juego en el terreno de las responsabilidades. ¿El, con la sóla ayuda de su siniestra mujer y de sus calamitosos hijos, hizo todo el daño? 

¿Y los casi tres millones de afiliados a su partido, constituidos en cómplices y mantenedores del régimen, muchos de los cuales se volvieron súbitamente demócratas según triunfaba la causa popular? ¿Quién, matando clandestina y precipitadamente a Ceaucescu, ha sepultado el filón informativo que podía haber supuesto su deposición ante los tribunales? ¿A qué verdadero demócrata o revolucionario rumano podía interesarle la desaparición física del desalmado Conducator? Demasiada sangre, y de manera tan bestial, se ha vertido en Rumanía para fingir que no ha pasado nada y subirse al impecable tren de la transición que circula por todos los demás paises del Este. 

Ochenta mil muertos, la civilidad dinamitada, la Biblioteca de la Universidad de Bucarest en llamas, la barbarie exhibida en todo su espesor no es bagaje para iniciar un despegue democrático convencional, y sólo la depuración ajustada a derecho de las responsabilidades, la purga de los indeseables cómplices del régimen anterior, hoy demócratas de toda la vida, el análisis profundo y sin límites del reciente pasado y la apuesta por un futuro enteramente nuevo y desembarazado de toda la basura anterior, podrán elevar al pueblo rumano a la cumbre de la dignidad nacional, pisoteada hasta ayer por muchos de los que hoy, para salvar el pellejo, dicen defenderla. Pero acaso no sea el llamado mundo libre occidental, que tanto aplaudió y mimó a Ceaucescu, quien pueda ayudarle en su magnífica y descomunal tarea.

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