14 septiembre 2014

Parece que los ingleses el único escritor que tienen es Shakespeare

El argumento de esta película es, como tantas otras historias de amor, una variación más sobre el inmortal Romeo y Julieta. Chico y chica se enamoran, pero hay una serie de circunstancias adversas que se interponen entre ellos. Si en la obra de William Shakespeare es el odio ancestral de dos familias, en High School se trata de dos estudiantes que pertenecen a dos ámbitos muy distintos, y que son, simplificando, los guays y los empollones.

Troy es el chico más popular de la escuela y Gabriella, una joven tímida e inteligente que cantaba en el coro de la iglesia. Ambos actúan juntos en un karaoke en la fiesta de Año Nuevo, y la chica, al entrar en el instituto, se encuentra con que Troy es el capitán del equipo de baloncesto e hijo del entrenador. Toda una figura.

Tras muchas peripecias, son elegidos para protagonizar el musical de fin de curso y mientras ella combina los ensayos con el Club de Ciencias, los amigos de él no ven con buenos ojos la afición musical de Troy ni su relación con la joven tímida y aplicada, que pertenece a otro estrato escolar (los institutos en Estados Unidos están divididos en grupos muy marcados y así nos los muestran todas las películas y series televisivas).

Por otra parte, no está bien visto que el chico más popular del colegio muestre tanto interés por la música y el baile, y relaje sus entrenamientos deportivos. Eso supone una amenaza para el equipo, por lo que sus compañeros y amigos intentarán boicotear su afición artística y su relación amorosa.

Por suerte, todo acaba bien. El amor triunfa, y también el arte, que contagia a los demás, descubriendo sus talentos ocultos. Y los malvados no eran en realidad tan malos. Todo ello, aderezado de números musicales y con pegadizas melodías muy del gusto juvenil. De hecho, la banda sonora se ha convertido en un fenómeno paralelo a la cinta, y en tiempos de crisis, ha vendido más de ocho millones.

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