25 agosto 2014

A Penélope Cruz y a Bardem no los quiere nadie

Cuando Cristóbal Colón desembarcó en el extremo sur del archipiélago de las Bahamas, los simpáticos arahuacos (o lucayos) le recibieron como merecía todo un señor conquistador. Con mucho amor y en taparrabos. El cariño no conoce de etiquetas. Cinco siglos más tarde, a principios de este mes para ser precisos, Javier Bardem y Penélope Cruz han elegido el mismo sitio (isla arriba, isla abajo) para prometerse amor eterno. A su manera, ellos también son conquistadores: de Hollywood y del ancho mundo, a juzgar por la repercusión de la noticia. Ella vestía taparrabos de John Galliano, él, según todos los indicios, iba vestido. 

El aire de esas islas hizo el resto. La nota oficial remitida ayer de madrugada por el representante de la actriz era todo un poema. Conceptual y malo, pero poema. Tras dejar claro asuntos tales como la propiedad de la casa donde se celebró la ceremonia («de un amigo») y que sólo acudieron familiares (ni un arahuaco), remataba la estrofa con una contundente verso: «Esta es toda la información que daremos a este respecto». Es decir, quedaba la puerta abierta a otros respectos. Acto seguido, nada más. Sólo Mónica, la hermana de Javier, se atrevió a romper el silencio con un «La ceremonia fue muy bonita». Menos da una piedra. Y hace daño.

Llega, de este modo y por fin, una de las noticias más esperadas por los que esperan este tipo de noticias. Que no son pocos. Internet, sin ir más lejos, escupe 958.000 posibles entradas con los nombres de la pareja en el buscador. Hagan la prueba. Las oes de Google se multiplican con gesto de asombro. La red les desea. Dicen que todo empezó en 1992. Entonces, en el desierto aragonés en el que se rodaba Jamón, jamón coincidieron los dos. Uno, caníbal y salvaje, venía de sorprender en Las edades de Lulú. La otra apenas cumplía con su primer papel en pantalla. De un lado, «el Brando de los Monegros»; del otro, «la Perla de Monegrillo». Los motes corren a cuenta de Bigas Luna, el director de la película. «Desde el principio estaba claro que él estaba colado por ella», recuerda el realizador.

Sea como sea, los caminos se separaron como acostumbran a hacerlo: con la promesa de volver a cruzarse. Ella no tardaría en ir a Hollywood. De la mano de Stephen Frears, la cinta Hi-lo country haría las veces de bautismo. Le esperaba un largo peregrinar por papeles arrebatados. Y siempre con la promesa de algo mejor: desde Todos los caballos bellos, con Matt Damon, a Vanilla sky, junto a Tom Cruise, pasando por La mandolina del capitán Corelli, al lado de Nicolas Cage, o por Sahara, muy cerca de los pectorales estriados de Matthew McConaughey.

En el trayecto, esa víscera que responde al nombre de corazón fue cumpliendo con su vocación por el estrago. Todos los actores citados, dicen, algo dijeron delante de Penélope. Aunque lo importante es, claro está, lo que se callaron. Confirmados, con foto y declaración de cariño, sólo dos: Cruise y McConaughey. Lo de Nacho Cano fue, como cualquier tiempo pasado, anterior.

Bardem, por su lado, tardaría algo más en dar el salto atlántico. Más lento, pero más seguro. Aquel chaval que debutara en el teatro con cinco años de edad («Platero, amigo, me oyes», fue su primera frase), no se atrevería con una película americana hasta que en 2000 diera vida a Reinaldo Arenas en Antes que anochezca. Luego llegarían una pequeña aparición en Collateral, de Michael Mann, una no muy afortunada intervención en Los fantasmas de Goya, de Milos Forman, y, el milagro: su definitiva confirmación en No es país para viejos. Anton Chigurh, su personaje, es algo más que un villano con el pelo mal cortado; es uno de los últimos iconos que el cine regala al imaginario colectivo. Justo al lado de Tiburón y no lejos de la máscara de Dart Vader (¿o era Hannibal Lecter?). Por supuesto, llegó el Oscar. En 2008.

Por aquel entonces, Woody Allen había tenido la brillante idea (todas sus ideas son brillantes) de juntar a los dos (a Pe y a Javier) en Vicky Cristina Barcelona. Y ya se sabe, lo que el ateo Allen ha unido, ni el propio dios se atrevería a separar. Fue reencontrarse, él y ella, y todo cambió. Hasta Hollywood empezó a creer en Penélope. De repente, se acabó el largo peregrinar de producción en producción dándose de bruces contra su acento y contra un buen número de papeles incapaces de dar con la justa medida de su instinto. «Llevo 16 años trabajando en Europa y seis en Estados Unidos, y los personajes de aquí [los europeos] tiene otra profundidad, te exigen más. Espero encontrar algún día eso en Hollywood», declaró en su momento entre el desaliento y la esperanza. Y las cosas empezaron a llegar. Tras ser nominada por su trabajo en Volver, de Almodóvar, el premio le alcanzó (a ella y a su Alcobendas natal) con la cinta del genio de Brooklyn. Un año después de él, ella. Los dos con Oscar.

¿Se puede pedir más? Que se besen. Y el beso tuvo lugar. En mayo, en Cannes, con el enésimo galardón a modo de excusa, Bardem subió al estrado y, alto y claro, se proclamó herido. Enamorado de Pe, de pe a pa: «A mi amiga, mi compañera, mi amor», dijo el actor. Ella, en el patio de butacas, lloraba. La emoción tiene estas cosas. A principios de julio, se casaron. Lo hicieron en secreto. Ni Colón ni los pobres arahuacos se enteraron. Por lo demás, queda confirmado: América está conquistada.

No hay comentarios:

Publicar un comentario