28 mayo 2014

Las histéricas seguidoras de One Direction

Primero el olor, ese olor a hormona reconcentrada tan familiar para los profesores de secundaria cuando llega el verano. 

Luego el sonido, un ruido ensordecedor, un chillido increíblemente agudo proveniente de las cerca de 8.000 niñas y adolescentes que ocuparon anoche el Palacio de Vistalegre para ver el primero de los dos conciertos en la capital de One Direction, el fenómeno fan más potente del momento. Una experiencia del paraíso o del infierno, dependiendo de la edad que se tenga o de las obligaciones familiares contraídas.

El caso es que Vistalegre, con un aforo notablemente mermado tras la psicosis post-Madrid Arena (nunca la pista lució tan vacía, con las fans ocupando el 60% de la superficie al arremolinarse frente al escenario) y con un importante despliegue policial en los aledaños del recinto (mención especial al híbrido de tanqueta y furgona que presidía el dispositivo) para proteger a las directioners (el equivalente a las beliebers de Justin Bieber), vivió uno de esos momentos que se explica más desde la sociología que desde la música.

Porque los chicos de One Direction, francamente, no parecen muy preocupados por la música. Apáticos, como unos actores que jugasen a hacer una parodia de una boy-band, más obsesionados por las posturitas que por sonar mínimamente dignos, Harry Styles (guaperas de referencia del grupo y ex de Taylor Swift) Nial Horan (rubio e irlandés), Zayn Malik (anglopaquistaní), Liam Payne (el chico sensible) y Louis Tomlinson (el graciosete) saltaron (es un decir) al escenario con Up all night. En realidad, las deficiencias musicales tampoco es que importasen mucho: los gritos de las fans, ya se ha dicho, cubrían todo como un manto la mayor parte del tiempo.

"Vosotras hacéis esto posible", dijo Louis al final de la primera canción. "Sois gente preciosa", piropeó después a las asistentes, que agitaban frenéticamente sus palitos luminosos tras haber pagado (esto también es un decir) entre 33 y 150 euros para uno de los dos conciertos, con todas sus localidades agotadas en una exhalación. Desgranando con indolencia un repertorio que tan pronto podría pertenecer a Robbie Williams como a Taylor Swift, los cinco ídolos fueron pasando pantallas de este videojuego musical: I would, una resultona Loved you first, One thing. En un momento, Harry envuelto en una bandera de España, provocó un pico en el vociferio y contribuyó de forma notable a la inmersión en el inglés de aquellas jóvenes: "We love Spain. We love Madrid. We love you".

Pero sin duda, lo más impactante fue ver a un montón de niñas cantando dos pepinazos del post-punk como el One way or another de Blondie y el Teenage kicks de los Undertones que es mejor no entrar a valorar aquí, por cuestiones de decencia. Cierto es que ambos temas, unidos en un curioso medley que, también hay que decirlo, fue lo que menos éxito tuvo entre la chavalería. Ni siquiera cuando hubo pelea punk de mentirijillas entre los jóvenes. En el extremo contrario, lo que más gustó fue sin duda alguna Nial. Cada vez que abría la boca, salía en las pantallas o se colgaba su guitarra se hacía necesario el uso de tapones para los oídos, de tan intensos que se volvían los alaridos.

Antes de Last firs kiss, el quinteto invitó a las directioners a que tuiteasen preguntas. Así, se les solicitó que bailasen flamenco, algo que cumplieron haciendo un rato el lelo. Más o menos como en el vídeo de antes de Summer Love, con los 1D haciendo gamberraditas disfrazados. A pesar de la energía infantil la cosa se empezó a hacer larga antes de llegar a la hora y media. Y ni siquiera el final con Kiss you, Live when we’re young (con Niall con una camiseta del Real Madrid) y What makes you beautiful, aproximó el concierto a terrenos remotamente musicales.

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