27 septiembre 2013

Los caballos purasangre hablan inglés

Pepe Villapadierna, el Conde, que también fue un adelantado en las carreras de coches tuvo -cuando dejó los caballos metálicos por los que relinchan- avanzadas ideas que aún perviven, conceptos ayer vanguardistas, hoy acreditados por su propia vigencia. Sus profundos conocimientos genéticos le sirvieron para realizar los cruces más osados, para las más aventuradas -y acertadas a la postre- importanciones. 

Ya en los primeros 70, y para conducir a sus caballos en los grandes premios, no vaciló Villapadierna en traerse las más prestigiosas fustas de Europa, actitud para muchos sorprendente, habida cuenta del escaso valor de la peseta y la escuálida dotación de los premios. Los aficionados esperábamos con ansia el Gran Premio de Madrid para ver de cerca a esos ídolos que había acrecentado la leyenda, centauros de la hierba, dioses que venían de fuera a ensalzar nuestro anodini hipódromo. El primer gran jockey británico que en aquellos años dejó huella en nuestro país fué el legendario Lester Piggot, seguramente el mejor jinete de todos los tiempos. Muchas y muy variadas fueron sus exhibiciones en España.

 Los más viejos del lugar aún recuerdan su antológica monta en el Gran Premio de Madrid de 1967 a lomos de Tote, un caballo que había adquirido la costumbre de galopar en zig-zag al embocar la recta final, circunstancia que le hacía perder lo mejor de su opción. Aquel 29 de junio, por obra y gracia de los abrasadores latigazos de Piggot, Tote se dejó sus veleidades en la cuadra y la seriedad de su tranco se vio coronada con una sorprendente victoria. Los expertos de entonces reconocieron que con cualquier otro en la silla de Tote el resultado de la prueba no hubiera sido el mismo. Es así como hemos tenido la oportunidad de alegrar nuestras retinas siguiendo las evoluciones de los Pat Eddery, Tony Murray, Joe Mercer, Walter Seinburn y, más recientemente, las de Tony Ives y John Reid. 

Este año hemos visto a Reid ganar el Derby con La Yegua y a Ives la poule de Potrancas con Sharada, cuya eficacia está fuera de toda duda, aunque contar con su concurso, ganen o pierdan, cuesta sobre las 300.000 pesetas, gastos de estancia aparte, muy por encima de las 3.500 pesetas por monta perdida que cobran las fustas de la tierra, aunque éstos, en caso de ganar, se embolsan el 10 por ciento del premio disputado. Por otra parte, los preparadores españoles no se recatan en destacar la exquisita sensibilidad a caballo de estos dos jinetes, pues Ives y Reid poseen un especialísimo don que les permite hurgar en el alma de los purasangres, para que les revelen sus confidencias más íntimas. 

A saber, si su aptitud ideal es el fondo o la velocidad, si pretenden galopar en cabeza del pelotón o escondidos en el fondo del paquete, o si la razón de su bajo rendimiento es un testículo caprichosamente mal colocado o una pata de palo. Y es que con esta cualidad están agraciados muy pocos jockeys autóctonos. 

La mayoría de nuestras fustas, se lamentan los preparadores, son en exceso concisas a la hora de analizar la actuación de un caballo. No se sabe si por carencia de léxico o por falta de «feeling» equino. Tras lo apuntado, ¿se puede afirmar que los jinetes británicos son superiores? ¿Cuales son las causas que determinan esta supremacía? ¿Un largo y exhaustivo aprendizaje? ¿Proceder de un mundo hípico abrumadoramente ventajoso en todas sus facetas? ¿La experiencia que proporciona ejercer el oficio en circuitos distintos y con frecuencias distantes? 

Sea como fuere, lo cierto es que cada vez que los jockeys ingleses cruzan el Canal y el Manzanares acostumbran a encontrar, para su palmarés y nuestro gozo, la esquiva puerta del triunfo. ¿Estará en las hipótesis enunciadas la razón que justifique entre caballos y caballeros tan fructífero entendimiento? ¿O será que los purasangres hablan inglés?

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