11 julio 2013

La escritura de Golding es es poco menos que santa

Avanzamos velozmente por los condados de Wiltshire y Somerset, atravesando la suave y ondulada campiña en la que se crió William Golding, y sobre la cual ha escrito, y llegamos a Cornualles, el pie que Inglaterra tiene metido en el agua, donde el escritor vive ahora en un caro aislamiento. Se trasladó a estos parajes después de que le fuese concedido el Nobel en 1983, para sustraerse al tumulto de las celebridades, a los periodistas, a los académicos, a los almuerzos literarios. La escritura de Golding tiene algo de santa. Su prosa es pétrea y difícil, como si hubiera sido escrita en tablas muy elevadas. 

No tiene una voz, no tiene un tono personal. Aunque majestuosas y, en ciertos aspectos, visionarias, sus novelas resultan asombrosamente celestiales. Su ficción es ajena a lo carnal, a lo duro, a lo contemporáneo. «No sabría cómo ponerme a escribir sobre la sociedad actual», me confiesa en un determinado momento. Según ha manifestado, «lo importante no es que exista el hombre sino que exista Dios», frase que podría ser muy santa dicha por un creyente, pero que, desde luego, resulta herética viniendo de un novelista.

Su manera de escribir resulta, por tanto, extrañamente desagradable para con sus personajes (John Bailey ha hablado del carácter «evasivo y funcional» de sus escritos). ¿Cabe, acaso, imaginarse un personaje de Golding que a uno le caiga. bien, o que pueda uno conocer? Puede que eso explique la extraña posición que ocupa Golding en la literatura inglesa. Es un novelista admirado, pero que no gusta demasiado; la gente ingiere sus libros, pero no se alimenta de ellos. Todo el mundo ha leído Lord of the flies (El señor de las moscas de 1954), pero cuesta encontrar a alguien que se haya leído las seis novelas que hay entre ese libro y el último éxito conseguido por Golding, Rites of passage (Ritos de iniciación) (1980). 

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