05 julio 2013

El fin de un símbolo

Por una oscura y extraña casualidad, en ruso, la palabra perestroika se parece mucho a otra que significa «tiroteo». Ahora la reestructuración ha sido tiroteada y está tocada de muerte. Su creador, el hasta ayer número uno soviético Mijail Sergueyevich Gorbachov, ha sido derrocado por un golpe de Estado todavía «incruento». Oficialmente no se ha utilizado el terrible término de «perevot» -golpe de mano armado-.

Sin embargo, nadie, absolutamente nadie, se cree que «Gorbi» haya dimitido «por motivos de salud», como decía lacónicamente la nota del Comité Estatal para el Estado de Emergencia. Cinco años han pasado desde que este ruso del Cáucaso accediera a la cúpula del Kremlin. 

Aquel histórico once de marzo de 1985, Gorbachov tomaba las riendas como secretario general del PCUS. Premio Nobel de la Paz 1990 por su crucial y determinante papel en los procesos dé democratización de los países de Europa del Este, lanzó a esta inmensa nación de 20 millones de kilómetros cuadrados a un torbellino de reformas con la instauración de la perestroika y la glasnost o transparencia informativa. Sin duda, su «suavidad» para solucionar el problema nacionalista y las batallas políticas en el seno del PCUS han sido dos elementos esenciales para su caída. Hombre del «apparat» hasta la médula, sucedió a Konstantin Chernenko al día siguiente de su muerte. Tres años después, el 1 de octubre de 1988, era ya el jefe del Estado más grande de la Tierra, al ser nombrado presidente del Soviet Supremo (Parlamento), en sustitución del incombustible Andrei Grarniko. 

Luego promovió- la reforma de la Constitución, creando el puesto de presidente de la Unión Soviética. Con esa gran jugada de envite, el país de los soviets (consejos) se pasó al presidencialismo como su gran rival: Estados Unidos. Durante toda su gestión, Gorbachov oyó los clarines del golpe de Estado. Pero no los escuchó.

Ya los pronosticaron dos de sus «amigos» y más cercanos colaboradores: su ex ministro de Asuntos Exteriores, Eduard Shevardnadze, y su 'abcerebro gris», Alexander Yakovlev. El ex ideólogo del PCUS tuvo una iluminación premonitoria, porque hace dos días declaraba a la agencia Novosti y a los periódicos más liberales que el peligro de la involución, el fantasma era auténtico, real. Yakovlev se equivocó en muy poco.

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