15 junio 2013

Yo como siempre estoy de paso

De paso. Siempre de paso. El color, entre blanco y verde, de su piel, los automóviles repletos hasta casi rozar el límite del cielo y la tierra y la conducción irregular les delata. Son los marroquíes que vienen de paso para llegar a su tierra de descanso. Vienen cargados de «souvenirs», de trastos y de hijos, en la gran mayoría, del París de la Francia. Regresan de las «banlieu» (barrios del extrarradio parisino). Barrios obreros. Pero en su breve retorno a Marruecos hacen un alto obligado en las áreas de descanso que la Dirección General de Tráfico habilita para el aseo, el recreo y el reposo del «guerrero» marroquí. En el pueblo madrileño de La Cabrera, Tráfico «levantó de la nada» la única área de descanso que hay en la capital, para que repongan fuerzas y reducir el peligro que supone un trayecto largo (París-Marruecos) hecho con un coche al límite de sus fuerzas.

Un gran letrero bilingüe indica el lugar, un desvío en el kilómetro 58,500 de la N-I de la carretera de Burgos. Castellano y árabe para la terapia de relax.

El armazón de un globo terráqueo, un par de columpios, una pila, aseos, cinco mesas de madera y unas plazas de garaje provisionales componen el apartado del sector servicios. Muna ha llegado al área de descanso con sus cuatro hijos, su marido, un coche a punto del desguace y toda la cultura árabe de refilón. Muna tiene 40 años (en el cuerpo porque su cara ha conseguido driblar la edad) y un desparpajo inexplicable para las mujeres de su entorno. Ha desafiado al marido al hablar con un desconocido. La culpa la tienen los franceses. Vivir veinte años en Paris le han cambiado. 

«Mi marido se marchó de Marruecos varios años antes de hacerlo yo. Después nos casamos y tuvimos hijos, que son franceses. Nosotros tenemos doble nacionalidad», explica Muna. Los únicos que descansan y hasta duermen aquí son los hombres porque «ellos si están agotados de conducir, nosotros sólo cuidamos de los hijos», chapurrea en francés Nuria, aprovechándose del sueño de su Mohamed. «Área de descanso. Aseos y agua, gratis» reza en una valla. Son las seis y veinte de la tarde y, de pronto, llega un coche con la baca al límite de sus fuerzas. Un hombre más o menos joven salta disparado del automóvil. Adopta una pose de humildad y comienza a orar, siempre hacia la Meca. Para el resto de los «huéspedes» pasa desapercibido. Cada uno reza cuando puede. Vivir en París a algunos les ha hecho un poco mástolerantes, con los hombres. Con las mujeres es otra cosa. «No fotos. Ni a mí. Ni a mis hijos. Ni a mi mujer. Y mucho menos a mi coche», grita uno de 70.000 mil marroquíes que pasarán durante dos meses por La Cabrera.

Aún cuando el hombre, el más ferviente defensor de la tradición, dormita, las mujeres velan por ella. «No. No. Mi marido duerme. Hable con él después. Yo no puedo», cuenta una marroquí anónima aferrada al origen de su vida, las tradiciones y el respeto al esposo.

Estos emigrantes desempeñan en Francia trabajos no especializados. Son albañiles, obrero, empleados y cocineros. Es el hombre el que debe mantener a la familia. Hacen ley del refrán «la mujer en casa, y con la pata quebrada». «Sólo trabaja el marido, la mujer debe ocuparse de él y de los hijos y muy pocos permiten que la mujer lo haga. Sólo los que se "han hecho occidentales"», explica Muna. Raisse Salah es uno de éstos. La emigración le ha endulzado la boca, Francia le ha «regalado las rosas» y un Mercedes. Pero tan cargado de bultos que parece a punto de desparramarse por los laterales. Quizás la idea sea llevarse la casa a cuestas por si en un arranque de querencia les da por no regresar a la ciudad de la noche. Es que para ellos el verano es la estación de los recuerdos.

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