25 junio 2013

Tenemos los 45 minutos de siempre

Nessum dorma viene a significar «Que nadie duerma». Nessum dorma es un aria del acto final de una ópera de Puccini, que Pavarotti hizo suya y que se puede escuchar en películas como Mar Adentro o Hannibal. En esas cintas queda bien, pero suena raro, la verdad, escucharla a todo trapo en la megafonía del Bernabéu mientras por los videomarcadores discurren imágenes de los mejores jugadores históricos del Madrid. Es bonito sí, pero refleja de todo menos la emoción que perfuma partidos como el de ayer. De hecho, el título de la cancioncita provocó todo lo contrario en el Madrid: salió dormido al césped.

Y claro, ahí estaba el Atlético dispuesto a darse sus 45 minutos de gloria habituales en el Bernabéu. Lástima para ellos que sólo sean eso, 45 minutos. «Ha sido clave recibir el gol tan pronto», se justificó Quique, que dejó una frase para el recuerdo: «Me revienta recibir goles así». Sus chicos habían apretado los dientes cuando vieron la enorme, gigante, pancarta que desplegó la muchachada del fondo sur. «Cada noche de derbi, vuestra peor pesadilla», y el dibujo eran los típicos malos malísimos de la tele, incluida la niña de El Exorcista, asustando a un pobre chiquillo vestido con la camiseta del Atlético. 

Y en ésas, el niño de la pancarta, ya oculto, se supone que comenzaría a sonreír cuando Forlán, Tiago, Kun y Reyes fabricaron el gol del sevillano, un ex que luego se marchó lesionado en el descanso -hoy le harán pruebas, pero peligra seriamente para Valencia-. En ese gol se habían juntado los cuatro mejores del equipo y, claro, el grupo carburó. El problema fue que luego desaparecieron porque la gasolina de este equipo, a uno de los 50 partidos este curso, da para lo que da.

Quique, a todo esto, entraba y salía del banquillo, fuera siempre con las manos en los bolsillos y dentro con cuchicheos para su segundo, Fran Escribá. «Recibimos gol cuando más tiempo tenemos para pensar, que es en un balón parado. Y luego en un balón altísimo y larguísimo. Y luego, el tercero...», dijo en la sala de prensa, aunque en el vestuario a sus chicos los felicitó por el esfuerzo.

Llegó el descanso y, dicho queda, se encontró con el inconveniente de Reyes, como antes lo había hecho con el de Valera (también sufrió un pinchazo muscular), que dio entrada a Perea. Y ahí llegó una de las fases más divertidas de la noche. Bueno, divertida según para quién, porque desde luego al colombiano no le hizo ni un poco de gracia. Resulta que el Bernabéu en pleno casi se pone en pie para aplaudir la entrada del muchacho. Después Perea pasaría por la zona mixta con gesto serio, pero sin síntomas de haber sufrido.

Y luego sí, luego se repitió la historia de la última década de derbis para el Atlético. En un cuarto de hora lo tiró todo por la ventana. Quién sabe si al Madrid lo azuzó el cambio de hilo musical en el estadio, pues del Nessum dorma se pasó al When love takes over de Kelli Rowland que David Guetta ha hecho famosa en el último verano ibicenco. Antonio López prefirió buscar otros motivos: «Los partidos están ahí para verse. Llevamos muchos encima y...», que es como decir que las piernas no dan para más. Y es cierto.

Ya con dos goles de desventaja en el marcador y encogido por el rugir del Santiago Bernabéu, la cara de Enrique Cerezo nada más marcar Higuaín el tercero era la de quien sabe que este año tampoco, con todo lo que eso conlleva. Desde octubre del 99 no rasca todos los puntos el Atlético de la casa de su más íntimo enemigo. Menos mal que las preocupaciones de la Liga son menos que las de la final de Copa y la Liga Europa, donde el jueves espera ya el Valencia. El objetivo es que esté Reyes, porque ese partido promete alegrías mayores que la de haberse puesto a dos puntos del sexto de haber ganado ayer. Pero ayer se jugaba en el Bernabéu y eso significa que hasta el Kun termine desquiciado. «¡Madre mía!», exclamó buscando ya el autobús con un rosario colgando del cuello. Regalo de Giannina. Una última petición: que bajen el volumen de la megafonía del Bernabéu. Por favor.

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