14 junio 2013

Solidario con los iraníes

Vivo en un sitio descabellado y entretenidísimo; a mi amiga la Susi le encanta. Vecinos como los míos no los tiene todo el mundo: travestis y chaperos cariocas, señoritas de tarde-noche, magrebíes al decomiso y a lo que caiga, negros africanos de movimientos sigilosos, árabes enturbiados, algún oriental impenetrable y mucho suramericano de ocupación clandestina. Gente tremenda y encantadora, fugaz, forzada a buscarse la vida en tierra extraña, que ha conseguido que me sienta también yo, de algún modo, inmigrante y siempre acorralado. La verdad es que algunos días y, sobre todo, algunas noches esa casa es un disloque. 

Una tarde, a la hora sonámbula de la siesta, la policía llamó a la puerta y nos pidió a la Susi y a mí, ambos en deshabillé, que fuéramos testigos en el registro de otro apartamento. La Susi, con lo peliculera que es y a la vista de aquellos jóvenes policías tan aparentes y dinámicos, lo encontró todo de los más exaitin, pero yo no puedo evitar el sentirme también un poco escudriñado, cacheado, desmantelado, descubierto. Me sentí confusamente solidario con el iraní que tenía arrendado aquel cuchitril, y reo yo mismo de galidad, de clandestinidad. Pensarán ustedes que vivo en un antro, pero es lo que dice la Susi: beibe, mucho peor sería tener como vecinos a yupis de pacotilla, tenderos pompáticos y bocazas. niñatos disfrazados de espot y videoclip señores concapas o amugicados. Qué horror. Todos ellos tienen bien tapadas sus miserias y no llegarán nunca a descubrir la parte oscura y clandestina de ellos mismos. Así son de inmisericordes. 

Deberían tener, como yo, una vecina en el apartamento de arriba que se anuncia en los periódicos, sección relax, de la siguiente guisa: «Negraza caribeña. Completo, 5.000». Si la tuvieran, les pasaría lo que a mí. Una noche sonó el timbre. Abrí. Un jovenzuelo acatetado y de sonrisa impaciente me miró, me ponderó, me guiñó el ojo y dijo con todo el entusiasmo: «Vengo por lo del periódico». 

Buscaba a la negraza caribeña, claro. Pero, ¿tengo yo aspecto de oscura venus tropical? La bruja de la Susi, después de una larga observación, me dijo darlin, no quiero ponerme ofidia, pero de vedete de ébano no te veo nada, la verdad. Y, sin embargo, alguien, por un instante, me había visto escultural y tropicana, ondulante, negrísimo, y clandestino, indocumentado, necesitado, vulnerable. Ilegal, en definitiva. Ya lo decimos la Susi y yo: todos deberían tener una experiencia así. Todos ustedes deberían tener vecinos como los míos. Acabarían descubriendo, cómo yo, una verdad brutal: todos, alguna vez, para alguien, hemos sido, somos, seremos ilegales, y nos han rechazado, nos rechazan, nos rechazarán. 

Por eso deberíamos conocer, comprender, acoger a nuestros clandestinos. Para que alguien nos acoja a nosotros, cuando llegue la hora.

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