04 junio 2013

Hay familias excepcionales

Si el cine de dibujos animados se inscribía tradicionalmente en el género de la farsa poetizada, como ocurría habitualmente con las cintas de Walt Disney, su compatriota Matt Groening lanzó desde 1989, con su serie televisiva Los Simpson, un obús satírico de grueso calibre que tuvo como blanco la institución familiar.

Es cierto que la familia Simpson constituye una tribu extremadamente singular, en sus personajes, en sus relaciones, en su comportamiento y en su grafismo agresivo.

¿Quiénes son sus protagonistas? Homer, un joven torpe y atolondrado, se casó en Las Vegas con Marge Bouvier, una muchacha alta y de vistoso pelo azul a la permanente, que parece una caricatura gráfica del peinado de Nefertiti. Pero Homer es odiado por las dos hermanas gemelas de Marge, Patty y Selma. Como Homer engulle rosquillas y bebe cerveza de modo compulsivo, esta fijación oral culpable le ha hecho una barriga poco favorecedora.

El singular matrimonio tuvo un vástago travieso, llamado Bart, que pronto demostró sus aviesas inclinaciones pirómanas. Se trata de una familia melómana, aunque los gustos musicales de sus miembros no son coincidentes. A Bart le siguió más tarde Lisa, que no tardó en demostrar su talento excepcional y su afición hacia el saxo. Con estos ingredientes, Matt Groening desplegó su ácido sentido del humor, que pronto conectó con la vasta audiencia televisiva.

En 1990 la serie se convirtió en el programa de mayor audiencia de la cadena Fox y no tardó en ganar un premio Emmy, el mayor galardón televisivo en Estados Unidos, convirtiéndose además en la serie de animación de mayor duración en la historia de la programación norteamericana.

Se ha especulado acerca de la relación de la pintoresca familia que protagoniza la serie con la familia real de Groening. Ahora sabemos que no tienen nada que ver, salvo por el curioso detalle de que sus nombres están tomados de sus padres y hermanas. Quienes hilan más fino pueden añadir que la estilización o distorsión de los personajes escenificados en la pantalla se corresponde en realidad con la percepción subconsciente que el dibujante tiene de sus familiares. Pero esta valoración es totalmente indemostrable.

Aunque más sensato resulta afirmar que la familia Simpson constituye una visión caricaturesca y distorsionada, escorada hacia el esperpento, de lo que es una familia americana característica de clase media blanca, con sus frustraciones, sus manías, sus inseguridades y sus ambiciones cotidianas. A través de la lente distorsionadora de la caricatura y del sarcasmo expone un escaparate social en el que es fácil reconocer a los modelos que se agazapan tras la caricatura.

Los Simpson ha servido, además, para romper el tópico que afirmaba que los dibujos animados constituían un género para público infantil.Lo mismo se había afirmado hace muchos años de los cómics -un género que constituye su primo hermano sobre papel-, pero desde hace tiempo sabemos que sus viñetas pueden constituir propuestas destinadas al público adulto. En realidad, Los Simpson, como tantas obras cimeras de la cultura de masas, se dirigen a los adultos y a los pequeños, no sólo de la sociedad norteamericana que los ha creado, sino de cualquier cultura basada en valores y costumbres occidentales.

Se han buscado también implicaciones políticas a la serie y se ha llegado a escribir que Groering alberga sentimientos filonazis.Navegando por Internet se puede topar uno con críticas que aseguran que el señor Burns representa al judío, con dinero y sin escrúpulos, que juzga al resto de la población como seres inferiores, mientras que Homer representa al ario, ingenuo y víctima del judío. Pero este tipo de interpretaciones suelen responder a las obsesiones de algún telespectador, que proyecta sus fijaciones ideológicas sobre cualquier soporte narrativo que se le ponga delante.

En realidad, la serie de Groering, que ha creado una verdadera simpsonmanía, se inscribe bastante nítidamente en la estética posmoderna, al margen de cánones y de tradiciones, pues ha utilizado como pretexto el género de la sátira familiar (lo que en los cómics se llamó family strip) para desarrollar una saga tribal esperpéntica y sarcástica, que enlaza con cierta tradición feroz del expresionismo europeo, en la agresividad descarnada de sus formas y sus colores, en la estridencia de sus personajes y en el carácter maximalista de sus enredos interpersonales.

Y no es un mérito pequeño que una serie nacida en el corazón de la cultura de masas norteamericana, e inspirada por los arquetipos de su clase media, pueda ser reconocida como próxima, familiar y entrañable en tantas culturas alejadas del Oregón natal de su autor.

La agudeza de sus percepciones, no pocas veces devastadoras para los valores conservadores convencionales, la sitúa como una de las cimas poéticas de la producción televisiva para todos los públicos, como ese esperanto satírico que tantos artistas han intentado y tan pocos han conseguido.

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