09 marzo 2013

Con botines noche y día

El siglo XX arrancó con las sufragistas y las deportistas, calzando unos útiles, duraderos y modernos botines que reivindicaban su derecho a la comodidad. Desaparecieron después, en aras de una elegancia de pie pequeño impuesta en la «Belle Epoque» y en los Felices Veinte. Luego llegó la Segunda Guerra Mundial que, por razones tristemente obvias, puso a prueba el ingenio de confeccionistas y fabricantes, que produjeron zapatos y botines para andar sobre cascotes y barro con grandes suelas de corcho o madera. 

La guerra se olvidó y, en los años 60, el pantalón para mujer irrumpe glorioso en la sociedad para no marcharse jamás, provocando una auténtica revolución en los hábitos y complementos que lo arropan. Los botines reaparecen entonces, no ya por motivos funcionales, sino por razones estéticas que se divulgan, gracias al invento del «Pret á PorteR», en todas las capas de la sociedad. La moda se populariza.

A partir de entonces, todo va muy deprisa. Las modas cambian, imponen, recuperan, en un legítimo intento de invadir las calles con propuestas casi siempre aceptables de vestir, adornar y calzar al mayor número de personas. La inspiración ya no bebe de las doradas fuentes de los salones de las madamas, sino cíe la calle, del cine, de la literatura y de la ciencia. Han pasado treinta años de moda contemporánea, y los años 60 reaparecen, en versión urbana y minimalista, a través de los complementos de moda.

Los botines forman parte de esta expresión depurada del vestir con lenguaje. Sus orígenes se remontan a la sandalia romana, abierta y atada en verano, cerrada y «abotinada» en invierno. Sus intenciones son posiblemente similares: un mismo calzado, con variantes, toda la vida. «Dime lo que calzas y te diré quien eres», es un dicho comprobado y certero. El botín bien pudiera ser el zapato idóneo de los centauros modernos, andadores, veloces, con un corazón y un cerebro que necesitan de un cuerpo fuerte, bien plantado sobre la tierra. El pie se une a la pierna enfundado en su particular guante para poder seguir a Peter Pan, a Mick Jagger o a Robin Hood. Este invierno, la moda se convierte en mínima expresión de sí misma, al eliminar cualquier prenda que pueda ser evitable.

En el caso de los botines, como prolongación de dos largas piernas envueltas en mallas o leotardos, se hace forzosa la desaparición de faldas o pantalones. De día, botines con cordones, infantiles y trotones, un buen jersei y una chaqueta larga; botines masculinizados, con gomas laterales, para tardes de compras o de «gestiones». De noche, botines fantásticos y bailarines y un cuerpo estilizado. Una única advertencia: cuando lo que viste es mínimo, lo importante es la elección de los elementos. Vestir poco es difícil, pero muy gratificante.

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