08 febrero 2013

Sin dejar de escribir


Va para un mes que mi hija no vive, no sale, no bebe, no canta, no besa. Enclaustrada en su cuarto, a vueltas con las proposiciones adjetivas, los núcleos del sujeto, las matrices inversas, Q la duda metódica de Descartes, es una sombra de la que fue. Y para que, al menos un par de horas por la noche, logre conciliar el sueño, su madre le hace tisanas de melisa. El problema -como usted habrá adivinado- es que mi hija está a las puertas de la Selectividad.

Faltan pocos días para que el ganado estudiantil se agrupe a las puertas de los estáblos universitarios y una partida de vaqueros mal pagados distribuya las reses en diferentes cuadras para someterlas a ese nada riguroso examen. Ya en galeras, amarrados al duro banco, vigilantes negreros repartirán entre ellos folios en blanco y dictarán su tarea. Un esclavo levantará, Aterrorizado, la mano: ha olvidado el bolígrafo. Otro necesitará orinar. Uncidos al yugo del boli, la cerviz humillada, los bueyes roturarán el papel: escribirán durante horas. Tendrán recreo, pastarán un rato, y serán introducidos de nuevo al establo. Los dedos se irán agarrotando. La muñeca se resentirá. Durará la doma del potro dos días enteros, mañana y tarde. Y,,, acabada la tortura, toda la manada celebrará su libertad con una borrachera sonada.

Sólo semanas después, los tablones anunciarán la escabechina, decidiendo fríamente el destino de cada cual. A menudo, por un par de décimas, quien quería ser ingeniero tendrá que estudiar para biólogo, quien deseaba ser físico será abogado. No habrán usado, desde luego, termómetros que midan la temperatura de su deseo, la intensidad de su vocación. Una sociedad justa (todavía lejana) es aquélla que recibe de cada uno según sus capacidades y da a cada cual según sus necesidades (sus ilusiones). Pero, en todo caso, la capacidad no puede medirse por oposiciones ni concursos. Si el deber de un preso es huir, el de un estudiante es copiar. Y, si a algún desaprensivo se le ocurre anular los exámenes y volver a meter a mi hija en galeras, le aseguro que lo pagará caro. Le ruego haga pública esta advertencia en la columna de Javier Maqua.

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