18 enero 2013

Unos comicios sin parangón

España ha llegado a tener un ministro de Asuntos Exteriores que responde al nombre de Fernando Morán, cuya noción de las posibilidades democráticas de los nicaraguenses se resumía en aquella imborrable frase: «Nicaraguá no puede dotarse de una democracia tipo Westminster». 

Si bien se mira, no existen grandes diferencias conceptuales o políticas entre los que durante el franquismo condicionaban nuestro acceso a la «democraria occidental» a la adquisición de un cierto nivel de renta -mil dólares de los de entonces- del que, naturalmente, carecíamos y aquellos otros que, como Morán, limitan el disfrute de los beneficios de la democracia a ciertos estamentos privilegiados de la humanidad.

Los criterios de selección, aplicados hacia dentro o hacia fuera, son exactamente los mismos, llámese uno Morán o Alonso Vega: «no están preparados». La experiencia nos ha venido tozudamente demostrando que sí estaban preparados y que españoles, o nicaraguenses, o polacos, o húngaros, o tantos otros no sólo ansiaban votar sino que además, una vez adquirido el derecho, lo han sabido poner en práctica con tanta paz cómo sentido común. La impresión deducida es que los partidarios del «no están preparados», a izquierda o derecha, temían exactamente lo mismo: que una elecciones democráticas les arrojaran del poder en que se hallaban tan cómoda como dictatorialmente instalados.

Claro que para la celebración de unas elecciones libres, y consiguientemente creíbles, han de sentarse previamente una serie de datos políticos y técnicos que garanticen la igualdad del voto y su carácter no condicionado. Y claro es que tales datos necesitan a su vez de una infraestructura mínima pero no fácilmente improvisable. Pero ese tema, como los nicaragüenses acaban de demostrar y como seguramente irán demostrando todos los pueblos del Este eurpeo a medida que vayan ejercitando su derecho a votar, tienen las dimensiones que tiene: técnicas, económicas, si se quiere, incluso culturales, pero nunca políticas ni menos filosóficas.

Y no se olvide que en todos esos casos, por no mencionar el nuestro, se trata de pueblos que no han conocido una elección libre durante decenios. La división de la humanidad entre los «que votan porque saben y pueden» y los «condenados a no votar nunca» es hoy más que nuca producto de la inercia, de la falacia, o de los intereses inconfesables. En la misma medida en que la historia reciente nos ha demostrado cómo la democracia, en bien de todos, perdía sus adjetivos ya no es «orgánica», ni «popular», ni «socialista», ni nada, es sólo democracia en esa misma medida, digo, cualquier teoría o práctica que persiga la sustitución del voto por la sabiduria indemostrable de una persona o de un grupo, sea cual sea su presunta legitimidad, tienen características abiertamente aberrantes.

Porque siempre nos encontramos con la misma petición de principio. Los votantes pueden equivocarse, es cierto; las condiciones de ejecicio del voto pueden no ser las ideales, es cierto; los resultados electorales pueden no ser los más adecuados para solucionar algunos problemas sociales, es cierto; muchas democracias dejan mucho que desear, también es cierto. ¿Pero alguien se atreve a estas alturas a predicar la superioridad del carisma sobre la democracia, del oligopolio sobre la participación, de los sufragios censitarios sobre los universales o de los derechos divinos sobre los humanos? Tan es así- que el propio Daniel Ortega no tuvo más remedio que someterse al supremo veredicto legitimador del sufragio universal. Que, sin apelación, ha decidido decirle lo que él no quería escuchar:. diez años de gobierno autoritario no le han granjeado el favor popular.

Muchas veces los totalitarios, los que siempre están dispuestos a justificar la dominación de un grupo o de una idea, utilizan lo que yo denominaría el «síndrome Burkina Fasso»: ¿cómo es posible esperar que los habitantes del país africano se comporten en las urnas igual que los votantes británicos? Consciente o inconscientemente persiguen dos efectos: descalificar las calidades de toda una sección de la humanidad -los negros, los africanos- y relativizar el valor de las elecciones como fuente de legitimación del poder político. La única fuente, habría que añadir.

Por eso, cualquier duda expresada sobre el sentido, la conveniencia, la posibilidad o la justificación de unas elecciones libres, en cualquier parte del mundo, sólo merece el más contundente de los rechazos. El clásico dictum churchilliano de «la democracia es el peor de los sistemas conocidos con excepción de todos los demás» hoy tiene más validez que nunca. Entre otras razones porque no establece distingos entre hombres, pueblos, razas o religiones: todos están igualmente preparados para votar.

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