07 enero 2013

Un jinete subido en un rayo dorado


Erase una vez un hombre negro, jinete en un rayo dorado. Había emigrado del calor de Jamaica al frío de Canadá. Y allí se había convertido en una metáfora del viento. Pero en 1988, el oro de su medalla se trasmutó en barro. Y Ben Johnson incorporó su nombre a la historia universal de la infamia. Perico Delgado subió en cuerpo y alma, en 1988, a los altares del deporte español. Tras Bahamontes (1959) y Ocaña (1973), el segoviano ponía una pica de fuego en Francia. Su victoria en el Tour, puesta en peligro y en entredicho por una diablesa llamada Probenecida, inundó de oro su torso y su cuenta corriente. Juan Antonio Samaranch, «el español más internacional», ha empollado en su regazo la -casi- universalización del olimpismo, un movimiento que, sin embargo, aún sangra por no pocas heridas.

La del dóping se abrió en Seúl con toda su fétida virulencia, despertando a Samaranch de su sueño ecumenista. La «grandeur» en formato de bolsillo, Prost. Un rey coronado con casco, sentado en un trono de plástico y kevlar, y con una biela sangrante de aceite por cetro. Maneja por atormentadas rutas un demonio chato, achaparrado y de instinto criminal. Su reinado está siempre entre este mundo y el otro. Un cerebro regido por las leyes de la robótica, pero un corazón contaminado de rebeldía. Por un lado, un joven de su tiempo; por otro, una máquina intemporal y acrónica. Kasparov es la gran «K» del ajedrez mundial, una letra ahíta de resonancias científicas y, al mismo tiempo, de misterio. Kasparov es un autómata enriquecido por los sentimientos. El más grande esquiador de la historia hizo de esta década su predio de hielo. Algunos aseguran que Stenmark, cuando descendía por las pendientes, no soliviantaba al aire dormido, tan elegantes y suaves, casi dulces, eran sus movimientos.

Otros juran que sus tablas no dejaban huellas en la nieve. En Marruecos, Said Aouita forma con Alá y Hassán una tríada divina. Y algo de sobrenatural tiene este hombre acaparador de récords y en el que se funden, en un organismo imposible, la liebre y el galgo. Su sueño es el de un loco visionario: apoderarse de todas las plusmarcas desde los 800 a los 10.000 metros. La fuerza bruta en estado puro.La fuerza pura en estado bruto. Tyson, el campeón de los grandes pesos más joven de la historia, el deportista mejor pagado desde que Caín practicó con su hermano el primer deporte de la humanidad, el «deporte más viejo del mundo».

Algún día alguien le romperá la cara. ¿O no?... La deportista española de la década, un sueño, una revelación, una aparición, el ciclón «Arantxa», un milagro, un terremoto, una revolución, una bomba de 17 megatones, una muñeca atómica, una pulga salvaje, una fierecilla indomable, una rata sabia, una bruja encantadora, una hoguera alimentada con palos de regaliz. Los milagros que hace el diablo se llaman prodigios. Y más de diabólica que de celestial tuvo aquella tarde sevillana, cuando el embrujo se convirtió en brujería, en la que España le metió doce goles, como los doce apóstoles, como los doce meses del año, como los doce cascabeles de la canción, a Malta. Y se reconquistaba Europa.Antes de 1988, Florence Griffith era una excéntrica velocista.

En unos días de julio, en Indianápolis, y en otros de septiembre, en Seúl, se convirtió en una atleta que rebasó las fronteras del asombro para acceder a las de la incredulidad. En ellas sigue, sin que hoy la fuerza del tiempo sea, para nosotros, la de la costumbre. En la carrera del deporte hacia cotas que rebasan los «límites de la realidad», el tenis nos ha traido a Steffi Graff, la penúltima y más feroz e inhumana de las niñas en las que la magia se ve desencantada por la automatización, y la admiración que producen se acerca más al miedo que al encanto. La muestra más sorprendente e incruenta del expansionismo yanqui. Greg Lemond, el único norteameriano que ha ganado el Tour y ha sido campeón del mundo de ciclismo. Una excepción. Una incongruencia. Un precursor quizá. Y un resucitado que ha regresado al mundo de los vivos reencarnado en el rey Midas. Esta es la leyenda de un niño pobre que llegó a ser el mejor futbolista del mundo, Maradona, y que se casó en una boda de las mil y una noches porteñas. Esta es una vida como la letra de un tango alegre (si es que existen).

Esta es la historia de una emigración inversa, desde Argentina a España, a Italia. Las tres cimas del Olimpo. El brillo de su propia imagen en el espejo ha deslumbrado a Carl Lewis y lo ha convencido de que el cielo no puede esperar. Para acceder a él ha ganado muchas medallas, se ha vestido de fantasía, ha recurrido a la acción divinizadora de la música y trata de parecerse a Dios por el procedimiento de invocarlo constantemente.

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