26 enero 2013

Sólo para los que pintan

Marcel Duchamp, se sabe, es uno de los artistas que más han contribuído a la mutación de las estéticas de la primera mitad de este siglo. 

Con sus teorías del arte como «cosa mental», sus ready made -objetos comunes sacados de su contexto habitual y presentados como «obra artística»-, sus siempre provocativas actitudes dadaistas, continúa siendo uno de los personajes emblemáticos de las vanguardias más radicales; y no sólo pictóricas. 

Una obra suya sobre cristal, La Marièe mise á nu par sus célibataires méme, aparece todavía como una de las realizaciones más enigmáticas y radiantes de todo el arte contemporáneo. Pues bien, precisamente del título de esa obra toma el suyo esta novela de Stephen Koch: La novia de los solteros. Una novela en la que el propio Duchamp es personaje marginal y su obra, objeto de la tesis de su protagonista y narrador en primera persona, el joven y ambicioso Jason Philip.

Y es que una de las cosas que más interesan en el libro -y es libro que interesa y mucho-, consiste en el análisis de las teorías de Duchamp y su prolongación en un imaginario pintor carismático de la década de los sesenta, Mel Dworkin, que supone el eje en tomo al que se articula todo el relato. Puede que no tan imaginario, la verdad, Stephen Koch también es autor de un ensayo: Andy Warhol Superstar, publicado hace uos años en la misma editorial. Por ello, en ocasiones uno se pregunta quién habrá detrás de las galeristas, coleccionistas, pintores que se creen geniales.

Suenan, desde luego, a personas conocidas del ambiente artístico neoyorquino de la época. Un ambiente que está perfectamente recogido en la novela y que constituye otro de sus focos de interés. La narración tal vez resulta un tanto convencional, pero nunca aburre. Sigue un modelo emparentado con el de El Gran Gatsby -alguien relata la vida de un ser enigmático, según propuso Lionel Trilling-, novela de la que no deja, aparte de la estructura, de haber resonancias en La novia de los solteros; lo que le añade otro mérito adicional.

Pero, insisto, lo auténticamente apasionante del libro es el examen de las teorías y actitudes de Marcel Duchamp, que «no era ningún genio... y él mismo vio perfectamente que era la inteligencia y talento de segunda fila de su generación» (pág. 148). Pues el análisis de Koch, a través de Jason Philip, plantea constantemente cuestiones relacionadas con la vigencia del arte actual heredero del de Duchamp. No es un ensayo. Es una novela amena, donde la parte teórica, y las descripciones de los ambientes y vidas de los protagonistas del mundo artístico de Nueva York, constituyen su máximo atractivo.

Un libro que convendría que leyeran los pintores. Aunque se dice por ahí, que los pintores raramente leen. Una pena, porque se pierden un relato divertido y que les haría pensar sobre la situación actual de su oficio. No es poco para que se recomiende su lectura.

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