13 enero 2013

Nuestro hijo de perra particular

Citar frases fuera de contexto es un viejo y consagrado deporte; imputarlas a autores ajenos es corriente; colarlas como propias cuando no lo son no es nada raro; pero inventarlas, hacerlas creíbles y adjudicarlas exitosamente y sin pruebas a alguien que sale perjudicado raya en lo sublime. Hace unos días una señora se arrancaba en un diario madrileño con una frase mutilada de un político inglés del siglo pasado, endilgándosela nada menos que a John Foster Dulles, y desde -ella proyectaba su argumento: «Estados Unidos no tiene amigos, sólo tienen intereses».

Cosas como ésta, en política internacional, sólo escandalizan a puretos, puesto que siempre ha solido ser así. Maquiavelo, el gran amoralista, debe lamentar no tener los derechos de autor, pero el pobre y pactómano Dulles, paradigma del moralismo, era incapaz de acuñar semejante proeza, so pena de desautorizarse a sí mismo.

En los últimos días, mentar la Doctrina Monroe ha sido coser y cantar, y pocos han resistido la tentación de largarnos el consabido «América para los americanos». Tal sería el espíritu más lo cierto es que en el discurso de 1823 no aparece lo que se convertiría en slogan. Enlanzando con esto, el récord de los prodigios ha calado en todos los medios y hasta en el mismísimo portavoz del Gobierno soviético: «Es un hijo de pena, pero es nuestro hijo de pena», piropo dedicado por Franklin D. Roosevelt a Somoza L. Jamás nadie ha podido certificar el origen de la expresión.

Esta se habría producido en 1938 ó 1939, pero no fue aireada sino en 1948 por la revista Time. Un entregado bibliotecario de la Biblioteca del difunto presidente (actualmente en el mismo puesto del Centro Ji'mmy Carter), que rastreó y manejó miles y miles de páginas documentales de aquel estadista, no pudo localizar la expresión, que considera por lo demás impropia del exquisito Roosevelt. Arthur Schlesinger, Jr., probablemente el historiador que más y mejor ha estudiado el personaje, tampoco ha podido localizar la frasecita (que posiblemente fabricaría el propio afectado).

En todo caso cabe preguntarse: si Somoza no era el hijo de pena de USA, ¿de quién podía serlo en aquellos años sin alternativa? La frase, apócrifa hasta ahora, puede parecer estética, pero no pasaría de ser una redundancia. Regresemos al reino de lo apócrifo. Los más dadivosos en el uso de lo de «hijo de pena» jurarían sin pestañear ante la Biblia, «El Capital» o lo que les pusiera por delante, que la distinguida ciudadana entenada en olor de santidad hace unas semanas no pronunció en la Cámara de Diputados «este hombre ha hablado por última vez», refiriéndose al líder de la oposición, días antes de ser asesinado, en la fatídica España de julio de 1936. Nadie ha podido probarlo, a pesar de las cruzadas pretendidamente eruditas que se han llevado a cabo sobre el caso.

Por cierto, que durante el entierro de la Pasionaria, se oyó y se escuchó el «iNo pasarán!», el grito de la defensa de Madrid. Sólo que veinte años antes en Verdún, el general Pétain había dicho: «Ils ne passeront pas!». Traduzcan. «Vale más morir de pie que vivir de rodillas» llevala marca de Dolores Ibárruri, pero también aquí la frase está en un corrido de la revolución mexicana. Y hace poco el Príncipe de Asturias, leyendo el discurso en el Premio que lleva su nombre, citó al todavía premio Nobel Camilo José Cela diciendo que «quién resiste, vence»; durante la batalla del Ebro el Dr. Negrín puso en circulación un slogan que parece haberse olvidado: «Resistir es vencer».

A veces la liebre salta por donde menos se espera. En los primeros años del castrismo se difundió la voz de que el fracaso de la industrialización cubana se debió a que se nombró para el Ministerio de Industria a Che Guevara, porque cuando el Gran Comandante pidió un «economista» para el puesto, el «Che» se ofreció, creyendo haber entendido «comunista». «Se non é vero é ben trobato».

Mira por donde las recién publicadas Memorias de Andrei Gromiko, el sempieterno ministro de Asuntos Exteriores soviético, confirma la realidad del asunto, elevando con ello una presunta anécdota a categoría determinante. Ah, y que conste, todo esto lo digo por cariño a la historia, que es de la que cobro mi sueldo, y no con fines aviesos. Yo no quiero romperle el juguete a nadie, y menos cuando se llama dialéctica.

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