11 enero 2013

La vieja música en el año nuevo

En cierta ocasión, la esposa de Johann Strauss II pidió a Brahms que le pusiera un autógrafo en el abanico, según la bonita y romántica costumbre. El gruñón hamburgués escribió el tema de El Danubio azul y debajo: «Desgraciadamente, no es de su amigo Johannes Brahms». Rubricado. 

En efecto, el que tuvo todos los méritos para ser llamado «rey del vals» fue siempre un músico admirado por sus colegas más «serios».

Nos dejó todo un tesopro de gran música popular, pero también, durante su carrera, ejerció una acción cultural importantísima. En sus conciertos al aire libre interpretaba incluso fragmentos de Wagner, al que una buena parte del público rechazaba entonces por oscuro y vanguardista.

Cada 1 de enero, todo el mundo recibe el mensaje de la maravillosa música vienesa a través de la televisión, el medio poderoso y omnipotente, el que «vende» todo cuanto toca. Así, esas páginas sonoras se han identificado con el Año Nuevo, casi tanto como los villancicos con la Navidad. Este hecho no deja de causar ciertos efectos extraños en algunos países, como el nuestro, que cuentan también con una gran música popular propia. Pero, en fin, ya quisiéramos que todos los efectos nocivos fueran como ése.

La verdad es que nos encanta sentamos ante el televisor y disfrutar de todo: de la música, del ballet, de la gran sala dorada, de las flores y hasta del público, educado en el arte, correcto y entregado, un poco ingenuo cuando hace falta, y que tose lo estrictamente necesario, «sotto voce» y no a pleno pulmón. Tose sin entusiasmo, vaya. Desde que Eurovisión nos avisa con los solemnes compases de Charpentier, comienza la milagrosa comunicación.

La orquesta, que lleva haciéndolo bien desde su fundación en 1842, está siempre a punto. Esa Filarmónica de Viena no es sólo un ejemplo de buena interpretación, sino de organiozación y de independencia con respecto a los poderes públicos, lo que nunca viene mal. Este año, por primera vez, ha dirigido Zubin Mehta, el ilustre hindú de Bombay, en su fecunda madurez. Un poquito ha engordado, pero entusiasmando a las señoras, como debe ser. La realización, estupenda, no abandona el puntillismo artísticodidáctico que liga cada sonido con el instrumento correspondiente, pero no nos hurta los planos generales ni el gesto de Zubin Mehta, con su elegancia, su independencia de brazos y su juego de muñeca que casi convierte a la batuta en un instrumento más.

El director inició con una obertura de Suppé, pero luego reinaron, como siempre, el gran Johann y su hermano Joseph. El viejo Johann Strauss I, un poco desengañado pese a sus éxitos, intentó que sus hijos no fueran músicos, pero le salió el tiro por la culata. Tanto, que le hicieron la competencia y terminaron eclipsándole. Hoy sólo le recordamos por esa popular Marcha de Radetzky que la gente acompaña con sus rítmicas palmadas. Una gran selección de la familia. No podía faltar, entre los regalos, El bello Danubio azul. Importa poco el color terroso del río. Gracias a la inspiración de un músico extraordinario, el Danubio será siempre del color de los sueños.

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