28 enero 2013

Di adiós a la inocencia


Desde el punto de vista cronológico, William Maxwell (1.908) aparece encabalgado entre la promoción del realismo crítico que maduró bajo la conmoción del «crack» del 29 en Estados Unidos -Steinbeck, Saroyan, Farrell, Wright-, sucesores, incluso coetáneos, de la «generación perdida» y la oleada que comenzó a publicar en la posguerra -Capote, McCullers, Mailer-. Especialista y cultivador preferente del relato corto, la novela fue una excepción en una obra narrativa que simultaneó con su labor como periodista y crítico de literatura y arte en The New Yorker, de cuyo suplemento fue redactor jefe. Adios, hasta mañana es, en consecuencia, una pieza esencial en su trayectoria literaria. También, un reflejo de su experiencia generacional. Estamos ante una novela breve, concentrada, sintética, bien construida, cuyo soporte argumental -el descubrimiento del cadáver de un granjero, muerto de un tiro en el pecho, por uno de sus hijos- es engañoso, pues parece anunciar el desarrollo de una trama en clave «negra». Nada más alejado de ese camino.

El trágico suceso le sirve al autor de excusa para, mediante el recurso a un peculiar «flash-back», presentar la evolución vital de los personajes -que es, en parte, la propia memoria de Maxwell- con el telón de fondo de la vida cotidiana de la década de los 20 en el medio Oeste norteamericano. El relato es, por ello, el proceso de reconstrucción de las causas que conducen al crimen desde una óptica doble, complementaria: la del hijo del presunto asesino, de un lado, y la del hijo de la víctima, de otro, amigos íntimos durante un corto periodo de tiempo. Más allá de la anécdota, William Maxwell se entrega a un ejercicio de análisis rememorativo de un periodo crítico en la evolución de ambos: el que simboliza el tránsito de la infancia a una adolescencia en el filo de la madurez.

Con indudable poder evocador, Maxwell penetra en las servidumbres que conlleva la pérdida de la inocencia de los primeros años, en el gradual -y amargo- enfrentamiento del hombre con la existencia, en los efectos que sobre los protagonistas tiene la quiebra de un mundo mítico al calor del descubrimiento de las frustraciones de los adultos, víctimas de una realidad difícil, dura, atormentada. Una evolución que marca, sí, a los hombres, pero que también se expresa en la mutación del medio, en la transformación del paisaje urbano que fuera habitual en una suma de espacios sólo reales en la imaginación y en la memoria, muestra, al fin, de una dolorosa destrucción. En la técnica, en el pulso narrativo, es fácil detectar el oficio, marcado por una larga dedicación al relato corto, de Maxwell.

La novela, construida a impulsos, de modo fragmentario -lo que no invalida su concepción lineal-, combinando enfoques distintos (desde la dualidad de los protagonistas) tiene un cierto aire faulkneriano, aunque desactivado por una inclinación al minimalismo descriptivo que dota de calor, de intimidad, de ternura a los actos aparentemente menos relevantes. Estamos pues, ante una novela atípica de un autor atípico. Ante la crónica de una destrucción existencial que conduce al asesinato. Pero también ante la evocación de un mundo en apariencia feliz que se llevaría para siempre el «crack» del 29. Los años 20 jamás volverían. Como no vuelven la infancia y la adolescencia.

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