03 enero 2013

Como se ve el mundo desde el muro

Las palabras de Egon Krenz tras la caída del Muro de Berlín han sido tajantes: «La frontera interalemana es permeable; pero frontera al fin y al cabo». Sin embargo la brecha abierta muestra, al otro lado, un mar de incógnitas históricas que demanda respuesta. La mayor de todas es el debate sobre la reunificación de Alemania.

Los analistas argumentan que, en realidad, nunca ha existido como tal nación unitaria, pero ¿qué ha sido entonces ese Imperio o esa Federación de Principados -más tarde- que capitaneó política o culturalemente el Viejo Continente desde los tiempos de Carlomagno hasta los de Bismarck? En términos generales, la reunificación no parece un disparate y no ha lugar a recelos de «vuelta a las andadas» de signo totalitario, como ha observado con agudeza el último editorial de «The Economist. Sin embargo existen una serie de razones más inmediatas, que hacen difícil optar por la unidad. La primera es geoestratégica.

La actual configuración de los bloques militares -OTAN y Pacto de Varsovia- hace inviable la unificación. No se olvide que Alemania Oriental es el primer bastión defensivo de la URSS que mira al Oeste, con más de 380.000 soldados destacados allí. Y que en la RFA es donde la OTAN tiene su tecnología de punta. Puede que a ninguno de los bloques le interese el cambio. Políticamente, aquella posibilidad parece lejana en tanto en cuanto no se resuelva el dilema de la RDA. Este país es un puro espectro, hoy por hoy, ya que no tiene entidad nacional. La clorofila de esta rara planta es el arraigo del comunismo y su condición de miembro del bloque militar del Este.

Pero el primero ya está en tela de juicio. Desde el punto de vista económico, a la CE, le conviene disponer de Alemania Oriental como un decimotercer miembro de facto. Y a la URSS no le viene mal mantenerlo como «filtro» que le suministrará capital y tecnología del bloque capitalista. Finalmente está el interés de Bonn por jugar a ser el líder económico del Este.

De hecho, Kohl es el «padrino» de Oriente, con el dato de que un tercio de las importaciones del Este a la CE, corresponde a la RFA. De este modo, el canciller está recogiendo los frutos de la «ostpolitik» de Willy Brandt. Además el país vive un segundo milagro tan espectacular como el de Erhardt y Bonn se codea con Washington con el orgullo de haber dejado de ser un enano político porque es un gigante económico. Puede que, al final, la propia RFA sea la primera interesada en mantener una dualidad de dos naciones con la misma lengua.

En todo caso, un líder bicéfalo, como el águila del escudo de los Habsburgos -otro guiño de la Historia- para esa «mitteleuropa» plena de sugerencias que algunos analistas apuntan. Parece difícil la reunificación alemana. Pero no tanto la coexistencia de dos estados, con un prometedor futuro de líderes de la nueva Europa central, nacida de los escombros del Muro.

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