25 octubre 2012

El fútbol es asfixiante


El fútbol español, como las ballenas de Ramón J. Sender, se autoinmola por culpa del dinero. Es un suicidio lento caracterizado por dos señales inequívocas: el mucho cemento que muestran las gradas de los partidos de Liga y la tendencia de la ficción al envejecimiento. El mayor espectáculo de España vive asfixiado por la ambición económica, en tanto que cinco clubs todos menos el Valladolid- han sido eliminados de las competiciones europeas Los clubs profesionales adeudan más de 27.000. millones de pesetas, las nóminas de los jugadores han roto todos los techos imaginables y las «estrellas» no se cotizan por menos de 100 millones anuales, y equipos como el Barcelona rozan presupuestos de. 5.000 millones, de los cuales un 40% van destinados a pagar a los jugadores.

Todo esto se traduce en el encarecimiento del mercado y en el disparo de las taquillas. La especulación ha hecho pasto del cesped y son reales situaciones de cienciaficción coro la reventa de entradas a 60.000 pesetas. Atrapados por sus demonios familiares, los grandes clubes aún no se han sacudido las lacras del pasado y navegan hacia el nacimiento de la catarata. Los ases se conducen como soldados de fortuna del esférico, aprovechándose del paternalismo de los presidentes, a los que piden sumas astronómicas, sin parar mientes en los estados contables de la empresa o en un baremo racional que controle tan irregular mercado. Pero ni siquiera el aspecto deportivo sale ganando por este lado. Las cuentas millonarias de los jugadores -44.000 pesetas por minuto en el césped, según calculaba ayer Inocencio Arias en este periódico- no mejoran su rendimiento.

Ahí está el ejemplo de los dos partidos con el Milán. Con escasa imaginación para generar recursos atípicos los clubes se ven en la tesitura de televisar partidos y cargar la mano en las entradas para hacer frente a sus deudas, con lo que la afición se resiente. El público deja de acudir al campo y opta por encender la pequeña pantalla. Ave de mal agüero es, a este propósito, la ausencia de familias en los estadios. Cada vez se ven menos padres con niños lo que supone una ruptura en la transmisión de la afición.

Como lo es el descuido de las canteras, lo que hipoteca el relevo generacional. No es este estado de cosas el más indicado para esperar la Ley del Deporte, que pretende ajustar en una horma jurídica una materia difícil. En el aspecto económico, la conversión de los clubes en sociedades anónimas impondrá el control de los presupuestos y el carpetazo al romanticismo empresarial, funesto por las razones expuestas. Los accionistas tendrán derecho a exigir transparencia informativa con el destino que las ejecutivas dan a su dinero y acaso este severo régimen permitirá salvar «in extremis» a un organismo enfermo. El fútbol español espera la conversión de los clubs en sociedades anónimas para someter a disciplina el derroche económico y paliar la asfixia que sufre como deporte.

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