08 septiembre 2012

Me presento soy una foca

No soy el animal más bello del mundo, pero soy un animal, qué narices, y ni siquiera estoy mal del todo, porque sé cocinar, quepo casi en cualquier sitio, no hago ruido, pido las cosas por favor y hablo cuatro idiomas. 

Por eso me apresuro a lanzar aquí, antes de que sea demasiado tarde, un alarido desesperado. Cuando llegue la hora... ¿Quién me protegerá a mí? Una insoslayable angustia me sobrecoge desde que vi en la tele a un distinguido representante de esa maldición municipal que tan cruelmente nos aqueja en los últimos tiempos, o sea, un alcalde, el de Vitoria para ser exactos, anunciando a bombo y platillo que iba a perseguir la venta de bebidas alcohólicas a los menores de dieciocho años en orden a acelerar la implantación de «una sociedad del ocio y la cultura». Esta decisión, por sí misma razonable cuando se está al borde de los treinta, como en mi caso, carecería de mayor importancia si no pareciera un eslabón más de una cadena que me hace presagiar la insólita rapidez con la que yo, y otros como yo, accederemos a la condición de especie amenazada. 

Y no es que rechace de pleno el retomo a la clandestinidad social, perspectiva que siempre ha tenido su encanto, sino que me rebelo ante el comparativo agravio contemporáneo. Porque, aunque a veces no pueda evitar que se aproximen alarmantemente nuestras formas y volúmenes, ¿acaso no valgo yo más que una foca? Por eso ahora, mientras mantengo un idilio pleno y satisfactorio con las barritas de chocolate de Biomanan, suplico que alguien se haga cargó de mi situación. Porque yo, insensible al efecto de las drogas diseñadas, desde los complejos vitamínicos al éxtasis, no me negaría a vivir en un «ghetto» con gente fumadora, bebedora y cafeinómana, pero me niego en redondo, ahora y siempre, a ponerme la cofia de la cuáquera devota. 

Y entonces... ¿Qué brazos heróicos me rescatarán de la lapidación definitiva? Sin tabaco, sin café y sin ginebra Larios no podré volver a escribir ni una sola línea. Ya sé que esto no representará una grave amenaza para la literatura española postindustrial, pero a mí, francamente, me fastidiaría bastante.

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