09 agosto 2012

Falcone ha sido asesinado

EL asesinato de Matteotti quedó como el símbolo de la violencia fascista y de su victoria sobre el Estado, de su toma y ejercicio del poder. El asesinato de Giovanni Falcone y de las otras personas masacradas el pasado sábado, como el del general Dalla Chiesa y todos los demás que osaron combatir realmente a la mafia, es una catástrofe mucho más grave para el Estado y para la sociedad civil. El fascismo tenía poder para cometer aquella violencia, pero no para ocultar su procedencia; todos sabían cuál era la mano homicida, y este conocimiento de la verdad, que asesinos y mandantes no conseguían ocultar, podía ser la premisa para combatir, algún día, aquella violencia y, quizás, derrotarla.

Hoy no sabemos quién ha matado a Falcone, a su mujer y a su escolta; no sabemos quién, entre las autoridades y los políticos que se rasgan las vestiduras y hacen declaraciones que expresan genéricamente indignación, e invocan genéricamente firmeza, ha combatido verdaderamente a su lado en su lucha heroica, quién lo ha obstaculizado protegiendo en la sombra a sus carniceros, y quién le ha puesto zancadillas pensando en miserables juegos de poder más que en la necesidad de golpear realmente al cáncer que nos devora. Como un tumor monstruoso que se extiende en una metástasis imparable, la Mafia se ha convertido en parte del cuerpo que debería combatirla, se ha entrelazado con los órganos del Estado y del mundo político hasta hacerse, frecuentemente, indistinguible de éstos. Falcone ha vivido y ha muerto con un coraje increíble, viviendo durante años perseguido y amenazado sin dejarse turbar, no sólo arriesgando diariamente la muerte sin ceder un milímetro, sino también sacrificando -en el «búnker» o en el cuartel en que se veía obligado a vivir, como si fuera, un bandido oculto en lugar de un magistrado- lo que hace apetecible y normal la existencia, la serenidad cotidiana, la familia, la casa. En esta entrega a un valor superior y en este sacrificio de sí mismo hay una real santidad, no inmerecedora de los altares. Poseía ese coraje que hace la vida digna de ser vivida, porque sólo quien está preparado para perderla, como dice el Evangelio, la vive plenamente. 

Cuando, poco después de su asesinato, se escuchaban las declaraciones de algunos políticos, evidentemente preocupados, sobre todo porque esto podía turbar sus pequeños planes, y se veían algunas caras, poco después de haber visto la de Falcone y de haber escuchado la grabación de algunas de sus palabras, se comprendía que los hombres no, son iguales, y que el alma no le ha sido dada a todos. Para nosotros ha sido una emoción enorme; cuando ha llegado la noticia, mis hijos, que estaban viendo casualmente la televisión, han gritado «iNo!», como si se hubieran enterado de improvisto de una desgracia familiar. Invencible en el valor moral de su buen combate, que proporciona dignidad a nuestra miseria, Falcone -como Dalla Chiesa y tantos otros- muere trágicamente derrotado en el plano político, y presta su noble e inolvidable rostro a nuestra derrota, quizás definitiva. Se ha batido solo, o casi solo, no como soldado de un ejército solidario en torno a él, sino rodeado por algunos compañeros y superiores valientes y fieles, por otros cobardes y favorables a la rendición, por otros que pactan con el enemigo, y por otros preparados para dispararle por la espalda. Una guerra combatida de esta manera es una guerra fatalmente perdida. El terrorismo fue vencido fácilmente porque, después de una inicial incertidumbre, hubo voluntad de vencerlo.

Esta voluntad, ante la Mafia, por parte del llamado Estado no existe; se comienzan ataques de pequeña o mediana entidad, pero el ataque global, que debería tener la dureza de una guerra despiadada, no llega nunca. Cuando nos acercamos al descubrimiento de un nudo esencial en la conexión entre Mafia y poder público, todo se confunde, y quien insiste en llegar hasta el fondo es destituido o eliminado. Falcone debía estar protegido más que cualquier otra personalidad de nuestro país, porque nadie encarnaba el Estado como él; si no se ha sabido o querido defenderlo, ello no significa que el Estado no exista. Quizás existe, pero al menos en una amplia parte de Italia la Mafia es el Estado real, es la que realiza las funciones esenciales, el monopolio de la fuerza, el poder de obligar a los ciudadanos, la capacidad de demandar, prohibir y castigar, de promulgar y ejecutar sentencias de muerte. El siciliano Falcone redime, como tantos otros, el antiguo mal de su tierra, pero es indudable que la guerra contra la Mafia se perderá mientras en gran parte de la población del Mediodía de Italia exista esa mentalidad que, sin aprobar la Mafia, la tolera, la comprende y no ve con aversión al que forma parte de ella, y sí con vaga hostilidad a quien llega para combatirla.

Los jueces que investigan en Milán están un poco más protegidos que los que investigan en Palermo, porque si sucediera en Milán una matanza como la de Palermo, desencadenaría el fin del mundo, que en Palermo, a pesar del empeño de tantos, no sucede. No sé con qué cara y con qué corazón se pueden mandar a morir de vez en cuando a magistrados, policías y carabineros, a una guerra que no se quiere combatir a fondo. Es improbable que el Dios de la Biblia castigue a los obscenos asesinos con rayos o con la lepra, como hacía en el Antiguo Testamento, pero es todavía más improbable que éstos acaben en la cárcel. Esta Italia no se ha merecido a Falcone ni a los hombres como él, caídos por una Italia que no existe. Puede ser que para ella se esté acercando el final, y quizás la única solución, también para salvar los valores de la Italia del «Risorgimento», es que se disuelva en un Estado europeo. Nuestra clase política no parece advertir el hedor a muerte y descomposición, porque éste también emana de ella misma, y quien no se lava no se da cuenta del olor que esparce a su alrededor.

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