13 junio 2012

La Antártida en trineo

A su llegada al Polo Sur, la expedición de Ramón Larramendi , después de 45 días de viaje en un trineo propulsado por el viento, se topó con una base ovni. Eran las instalaciones americanas en un lugar remoto del polo sur. Con biblioteca y pabellón cubierto. «¿Cómo a nadie se le ha ocurrido antes?» y «¿Cómo se les ha ocurrido a unos españoles?». Son dos de las preguntas que se hizo la jefa americana. Nos menosprecian.

El aventurero Larramendi junto a Javier Selva, Ignacio Oficialdegui y Juan Pablo Albar pasarán a la historia por ser los primeros en atravesar el continente antártico en un vehículo absolutamente sostenible: «la mariposa polar». Un trineo de maderas atadas con cuerdas que construyeron en seis días. Su simpleza es su mayor virtud. El trineo requería de una capacidad elástica para adaptarse a todo tipo de circunstancias. Impulsado por el viento y alimentado por el sol, el trineo tiraba de una tienda de campaña térmica en la que se hospedaban los exploradores a 0 grados. De ahí al contraste de la experiencia americana y la española. Unos son low cost y no emiten ningún tipo de emisión tóxica; otros tienen gastos desproporcionados y comisiones tóxicas abusivas. Unos comparten una tienda de campaña térmica de dos metros de altura por tres de anchura y otros duermen muy cómodos y tranquilos en sus respectivas habitaciones con calefacción. Es la antítesis entre la precariedad y la modernidad.

No parece gran cosa para ser el «superbarco» sobre hielo, pero tras la hazaña nadie duda de su potencial ni de su efectividad. «Es el vehículo, con mayúsculas», asegura Larramendi. A parte de por tener figura de Yeti (por su envergadura, obviamente), Ramón Larramendi también puede presumir de haber vivido tres años en el Ártico a principios de la década de los 90. Y tras su veteranía nueve años después la incógnita de navegar sobre hielo aún no estaba resuelta. Scott ya puso velas latinas para el movimiento del trineo. Entonces a Larramendi se le ocurrió que si una cometa podía tirar de una persona también lo haría de un trineo.

A 30 grados bajo cero y a unos 3.000 metros de altitud tuvieron que sortear baches, también conocidos como sastrugis en idioma inuit. En total recorrieron 4.500 kilómetros, unos 100 km diarios de un itinerario «muy monótono», asegura Larramendi». «El trineo va como una bala, sobra potencia, no queríamos ir tan rápido como podíamos». Para combatir contra el viento y las adversidades relacionadas con la meteorología decidieron llevar consigo 14 cometas de morfología muy variada. «Es un vehículo óptimo para expediciones científicas y queríamos demostrarlo además de rendir homenaje a Scott y Amundsen». Lo consiguieron y «con facilidades», reconoce Larramendi.

Tres placas solares les sirvieron como baterías para contar a diario a través de las redes sociales cómo avanzaba el proyecto. Los ordenadores y las cámaras se congelaban y los tenían que calentar con el mismo artefacto que usaban para la comida. Toda una odisea pero las grandes ideas sólo tienen sentido si se llevan a cabo.

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