15 abril 2012

Toros astifinos y serios

Olvia Soto, de azul marino y oro. Estocada contraria y atravesada (leve petición y vuelta). En el cuarto, media estocada y varios descabellos (silencio).

Antonio Nazaré, de blanco y oro. Dos pinchazos y estocada. Aviso (silencio). En el quinto, pinchazo y estocada desprendida (silencio).

Diego Silveti, de obispo y oro. Pinchazo, estocada y tres descabellos. Aviso (saludos). En el sexto, estocada (palmas de despedida).

Aguardaba la lona del ruedo la lluvia en los albores de la tarde, y quedó el viento como rey de la Maestranza. Del albero reseco levantaba pequeñas tormentas de arena en cada ráfaga. Polvorientas oleadas de pueblo abandonado del lejano Oeste. Los tendidos de sol convertidos en una pared inhóspita de almas; y en parte el sol y sombra por el que caen las notas de la banda del maestro Tejera cuando suena. A la tendencia bajista de los últimos años -unos 2.000 abonos- se ha sumado un descenso de vértigo en 2012.

Vértigo quizá sintieran las entrañas de la terna ante las lascas de la astifinísima corrida de Montealto. Una corrida bastante pareja, muy seria por delante, pero bien hecha. Montealto debutaba en Sevilla y libró el suceso como la botella medio llena o medio vacía. Según se mire. Quienes antepongan los toros segundo, quinto y sexto se describirán como pesimistas; quienes destaquen primero, tercero y cuarto se autodefinarán como optimistas. En justicia caben todos, y habría de ser suficiente un trío de toros con más que posibilidades, con sus matices si se quiere, para hacer una tabla de salvación de Montealto.

Oliva Soto padeció pero no palideció con los embates de Eolo y las encastadas embestidas del toro que estrenó la corrida. Guitarrista rasgaba con fuerza el instrumento. Aunque se vencía un tanto por dentro. Soto quiso hacer el toreo a la verónica y ya sintió el vencimiento. Por bajo y genuflexo, intentó domeñar en el inicio de faena. Ya erguido, sacó su virtud más auténtica: la pureza, la pierna por delante, que no la muleta. Se estiró en derechazos con su cosita, entre sones de oles, que se incrementaban en los pases de pecho de broche. La fuerte embestida del toro se impuso sin encontrar gobierno en la siguiente tanda. Pasaba por allí, como dice la canción. El gitanito de Camas sostenía su frágil ingenuidad, sin toques, tal vez necesarios, sobre la razita del querer. Y tras esos momentos la gente proyectaba el resto. El aire se entrometió ante la debilidad de la lacia muleta en la izquierda y garabateó gurruños. Un cambio de mano a pincel, una estocada contraria y atravesada y la muerte lenta y revivida por el puntillero una barbaridad de veces. Aun así brotó una leve petición, y bajo la ovación encontró Oliva Soto el aliento para pasear el irregular anillo maestrante. Las palmas no las oiría Guitarrista camino del desgüace.

La razita del querer de Oliva pareció quedarse allí. Y el cuarto, cortito de manos, a lo peor fue su verdadero espejo con su nobleza y su justo fondo. Tal para cual, pero no hubo caso. Como si Soto se creciese ante sudokus más difíciles y vacío no resolviese los de más legibles pistas.

Se presentó Diego Silveti en la Maestranza como matador con un tercero recortado y bueno. Certero no falló a sus hechuras. Silveti se encajó de riñones y le bajó la mano. Dos series con sello y personalidad. Arrastrar la muleta se convertía en refugio para evitar el viento. Llegada la tercera se abrió un paréntesis, como si la embestida hasta ahí fuese a durar y no más. Una pájara. Al izquierdas se reflotaron mutuamente, con natural corte en una tanda jaleada, con ayuda de la espada después, sin rebosarse entonces ya nada. La eclosión definitiva de la faena se quedaba como la miel en los labios. Y la apuró el nieto del maestro Juan en una enlongación excesiva de la voluntad. El diapasón de la emoción subiría con unas bernadinas a pitón cambiado para conquistar un saludo.

La adrenalina se disparó con el genio del último. Por accidente Diego Silveti perdió pie y en un milagro de reflejos mayúsculos se quitó en un quiebro la arrancada sanguinaria. No se cansó de estar en la cara sin renunciar nunca. La brega de su cuadrilla fue una batalla perdida con antelación. Una carta quemada.

El pobre de Antonio Nazaré careció de toda opción. Si a él le preguntan, será de los que vieron la botella de Montealto medio vacía. O vacía entera. Sus razones tuvo. Otros, no tanto.

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