27 abril 2012

Lillian Hellman una mujer que déjala ir

Lillian Hellman fue una mujer de armas tomar. Sus briosas actitudes fueron polo de atracción de admiradores entusiastas y de detractores furibundos: unos valoraron su coraje, su compromiso y su activismo; otros hablaron -quizá sin negar lo anterior- de una mujer conflictiva, difícil y ensoberbecida. Su imagen, su vida y su obra son pasto de la polémica.

Nacida en Nueva Orleans en 1905, hija de un comerciante de zapatos, su familia materna, vinculada a la banca, apuntó detalles del carácter implacable y depredador de los Hubbard de La loba.

Hellman estudió en las universidades de Nueva York y Columbia, donde se convirtió en una muchacha culta, bien preparada.

Tras iniciarse en transitorios y secundarios empleos periodísticos y editoriales, Lillian Hellman comenzó a escribir teatro y tuvo su primer gran éxito con La hora de los niños (1934), seguida por Las horas que vienen (1936) y, sobre todo, La loba (1939), estrenada con el título de Las pequeñas zorras, expresión tomada de El Cantar de los Cantares y alusiva a los animales que devastan las viñas. Hellman escribió y dirigió teatro con notable éxito -y algún traspiés- hasta los comienzos de los años 60.
Como era normal, Hollywood -y más cuando ella ya había estado allí en sus comienzos- se fijó en Lillian Hellman tanto para adaptar sus obras como para brindarle un ventajoso puesto de guionista.

La hora de los niños fue rápidamente llevada a la pantalla por William Wyler con el título de Esos tres y con sus aristas bien limadas, pues los estudios suprimieron la sugerencia de presunto lesbianismo entre dos profesoras de un colegio que motiva la falsa denuncia de una alumna. Pasado el tiempo, y con él las restricciones de la censura, el mismo William Wyler haría otra versión de mucho mayor impacto, en 1961, con el título de La calumnia, el que utilizó Fernando Méndez-Leite para su reciente montaje teatral de la obra. Wyler adaptaría también La loba, en 1941, con Bette Davis y con un guión por el que Hellman obtuvo la primera de sus dos nominaciones al Oscar.
De la relación de Hellman con el cine debemos recordar su guión para La jauría humana (Arthur Penn, 1966) y Julia (Fred Zinneman, 1977), película con Jane Fonda basada en algunos pasajes de Pentimento (1973), su segundo libro de memorias, si bien la escritora no intervino en el guión. Estas dos películas motivaron quejas y protestas de Hellman, ya muy fiel a su fama de rompepelotas.

Hellman se casó a los veinte años con el periodista y escritor Arthur Kober -coguionista de La loba-, pero la pareja, que ya tenía problemas, se separó cuando Hellman conoció al escritor de novela negra -y también guionista- Dashiell Hammett, bastante mayor que ella, con quien mantendría un intenso y espinoso romance, con idas y venidas, hasta que el muy fumador y bebedor novelista falleció de cáncer de pulmón en 1961.

Después, las tornas cambiaron, y Hellman llevó a su lado a un antiguo amigo, 26 años más joven que ella, Peter Feibleman, también escritor y guionista, quien le atendió en su lecho de muerte y dejó un libro y una pieza teatral que cuentan sus largas relaciones.

Hellman adquirió plena conciencia de su ascendencia judía durante una estancia en la Alemania hitleriana, mucho antes de la guerra. A comienzos de los años 30, comenzó a desenvolverse -del brazo del ya iniciado Dashiell Hammett- en círculos comunistas. Muy combativa, Hellman se negó a dar nombres de colegas comunistas cuando, en 1952, fue llamada a declarar ante el Comité de Actividades Antiamericanas. Hellman se quedó tan ancha al soltar ante el tribunal una frase que ya está en la Historia. Algo parecido a esto: «no voy a dar un giro a mi conciencia por seguir la moda del año».

Parece que Hellman militó en el Partido Comunista entre 1938 y 1940, si bien más tarde lo negó, probablemente en defensa propia ante la Caza de Brujas. La muy notable novelista Mary McCarthy (Memorias de una joven católica) frecuentó los mismos ambientes comunistas que Hellman en los mismos años, y durante cuatro décadas fue su enemiga íntima y pública. McCarthy acusó reiteredamente a Hellman de ser tibia y benevolente con el estalinismo y con los comportamientos estalinistas de muchos intelectuales comunistas norteamericanos. Se sacudieron de lo lindo. McCarthy dijo en un programa de televisión, en 1979, que todas y cada una de las palabras escritas por Hellman eran mentira, incluyendo la conjunción «y» y el artículo «la». Hellman le puso una querella y murió sin verla resuelta.

Como dato complementario de su considerable actividad política, queda señalar que Lillian Hellman visitó Madrid durante la Guerra Civil, se manifestó -por radio, incluso- en favor de la República y, con su amigo Ernest Hemingway y por la causa republicana, contribuyó a financiar la película Tierra de España (Joris Ivens, 1938).
Lillian Hellman tuvo un renacer, al final de su vida, entre sus lectores y su público gracias a sus tres volúmenes de memorias, muy leídos, por cierto, en la España de los 70. El que menos, el tercero, Tiempo de canallas (1984), pero mucho los dos primeros, Una mujer inacabada (1969) y, sobre todo, Pentimento, gracias, en gran medida, al gran éxito de su adaptación ya mencionada (Julia) a la pantalla.

La loba muestra -en el Sur de los Estados Unidos y a comienzos del siglo pasado-, a través de los feroces hermanos Hubbard, liderados por la temible y terrible Regina, el despertar y el estirón del capitalismo más salvaje y brutal, que no repara en toda clase de destrozos -incluso en la muerte- para conseguir los frutos de su desatada ambición. Gerardo Vera ha hecho en el María Guerrero un montaje muy limpio y muy preciso, que busca la diafanidad para que destaquen sin distracciones los caracteres de los personajes, las ideas envueltas en melodramáticas telas, el progreso de la trama argumental y, por supuesto, el juego de los actores. Tiene algo de un Chéjov -que Hellman estudió, dicho sea de paso- elevado a una temperatura más quemante.

Lillian Hellman, no guapa exactamente, tenía un físico vigoroso, imponente, atractivo. Vivía en la península residencial de Cape Cod, con Peter Feibleman, cuando, con 79 años recién cumplidos, un paro cardíaco acabó con su vida mientras una enfermera le estaba dando un masaje en el cuello.

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