12 enero 2017

La echaron de miss España por su nariz

El teléfono de José Luis Fernández, el padre de la flamante Miss Universo, Stefanía, no para de sonar. La mayoría son amigos y familiares, pero también recibe llamadas de programas de televisión. Él rechaza todas las invitaciones. «Yo no soy muy farandulero, eso se lo dejo a mi mujer y a mi hija», comenta con una amplia sonrisa a LOC, en el aserradero familiar que dirige desde hace 34 años.
De pelo encanecido y rostro curtido por el inclemente sol del llano, este gallego de 54 años sólo pide un favor antes de comenzar la entrevista. «Tengo problemas con la nacionalidad española. Ni yo, ni mi mujer, ni Stefanía, ni mis otros dos hijos tienen el pasaporte español. Espero que este reportaje me ayude. ¡Yo soy español de nacimiento!».

El padre de la mujer más guapa del mundo abandonó su Vigo natal con 11 años. Sus padres, Celia y Emilio, fueron contratados para trabajar en las infraestructuras planificadas por el dictador Marcos Pérez Jiménez. Eran tiempos de miseria en España y de bonanza en Venezuela. «Yo no pude estudiar. Soy el segundo de cuatro hermanos y tenía que ayudar a mis padres para sacar adelante a toda la familia», dice este inmigrante, orgulloso de las primeras palabras de su hija como vencedora: «El próximo título que le llevaré a mi padre es el universitario», dijo desde Las Bahamas, donde se celebró el certamen la semana pasada.

José Luis se siente más venezolano que español. «Estoy muy arraigado. Aquí están todos mis amigos y mi familia, salvo sus padres, que volvieron a Galicia. El domingo se enteraban de la noticia en su casa de Saiáns (Vigo) a través de una llamada de uno de sus hijos. Los orgullosos abuelos aseguran que un canal de televisión y el Ayuntamiento se han interesado en costear un viaje de la miss a Galicia, donde la joven sólo ha estado una vez, hace 4 años.

Otros familiares de Stefanía se acercan a escuchar la entrevista. Su tía Guadalupe, alcaldesa de un municipio por el partido socialista de Hugo Chávez (PSUV), cuenta algunas anécdotas del concurso. Como los cientos de litros de agua mineral que encargaron los organizadores de Miss Venezuela para lavar su pelo. «El agua de las Bahamas le restaba brillo a su cabellera y para la final decidieron enjuagar su cabeza con agua embotellada», explica la hermana mayor de José Luis, una estrecha colaboradora de Adán Chávez, el poderoso hermano de Hugo que gobierna este estado del interior del país.

La familia habla a regañadientes de las cirugías estéticas a las que se someten las bellezas venezolanas. Como todas las misses, Stefanía, de 18 años, también tiene algún arreglo. «Sólo retocaron su nariz porque Osmel Sousa -responsable de su preparación- decía que era 'muy españoleta'; algo aguileña y con la punta hacia abajo», confiesa Guadalupe. La familia prefiere no contestar a si lleva o no implantes de silicona en el pecho.

Stefanía subió por primera vez a las pasarelas por casualidad. «Hace dos años se celebró el concurso de Miss Mérida y su madre insistió en que se presentara», confiesa el padre. «¡No, mamá! Que no quiero», decía la nueva Miss Universo. «Mátame ese sueño que yo tengo, siempre quise ser modelo», le convenció su madre Nadia Krupij, de madre ucraniana y padre polaco, que durante la II Guerra Mundial estuvieron confinados en un campo de concentración en Polonia. La suerte quiso jugarle una mala pasada a Stefanía en su debut como modelo: quedó la última en la Feria del Sol, el concurso de belleza de la zona andina de Venezuela. «Fue la única de las 12 chicas finalistas que no recibió una banda, pero ella es muy disciplinada y no tiró la toalla», recuerda su padre.

Los momentos más difíciles de esta familia de inmigrantes los vivieron hace tres años, cuando a José Luis le encañonaron y le secuestraron durante cinco días. «Me esposaron a un palo y me metieron en un diminuto refugio cerca de la frontera con Colombia. Me iban a vender a la guerrilla, pero tuve la habilidad de convencer a los secuestradores para que me dejaran libre. Y aparecí cuando ella estaba cumpliendo sus 15 años, creo que eso la marcó, porque los dos estamos muy unidos», relata.

Con su hija coronada como Miss Universo, considera que ha llegado el momento de vender su empresa y retirarse en su casa de Mérida. «Esto del concurso ha traído mucha publicidad a mi familia; tengo miedo de sufrir otro rapto», dice este orgulloso padre, que confiesa que las demás aspirantes apodaron a su hija con el nombre de la «Miss de las cinco maletas» por la cantidad de ropa y cosméticos que llevó a las Bahamas.

28 diciembre 2016

Sofia Loren ha hecho un pacto con el diablo



No hay duda de que a Sofía Loren envejecer le resulta mucho mas difícil que al resto de los mortales. Habiendo sido una de las mujeres más deseadas por una buena parte de los hombres de medio mundo, no es de extrañar esa dificultad que entraña para ella el curso natural del tiempo. Es sabido que dejó de celebrar su aniversario cuando llegó el día de sumar medio centenar de velas a la tarta. Ante este panorama, no sería de extrañar que en su casa, como en la de la Norma Desmond de El crepúsculo de los dioses, estén prohibidos los espejos. 

En efecto, ya no es aquella mujer temperamental y exuberante que gritaba a las vecinas en el patio, mientras tendía la ropa, en las inolvidables comedias napolitanas de Vittorio de Sica. Ya no luce esa poderosa espetera que enamoraba sin remisión a los personajes encarnados por Marcello Mastroianni. Pero tampoco tiene esa «percha en el escote, bajo la nuez», tan frecuente en el otoño de la belleza, de la que nos habla Enrique Santos Discépolo en su implacable tango Esta noche me emborracho. Dicen que el bisturí tiene la clave de la perennidad de aquel milagro que antaño obró la biología en el busto de la estrella. Sus admiradores lo desmienten. Ellos aún la siguen viendo jaleando la fruta en el mercado o yendo a buscar a Rusia a su marido -una creación de Mastroianni, claro- en Los girasoles (1970). Si la cámara, esa cámara a la que tanto enamorara, no se acerca mucho, las arrugas apenas se notan.

Cualquiera diría que para seguir conservando el esplendor, ha vendido su alma al diablo. La propia actriz nos descubre su secreto: «Sólo una disciplina férrea puede retardar la vejez. Para seguir siendo bellos hay que hacer muchos esfuerzos, llevar una vida sana. Me acuesto siempre temprano porque el sueño de antes de medianoche es el más importante». A buen seguro que su experiencia onírica es mucho más sosegada que las que provocaba su glorioso cuerpo entre quienes la adoraron. En los personajes que ha legado a la historia del cine la edad no cuenta. Lástima que mañana no quiera celebrar que cumple 75 años.

27 junio 2016

Principio y fin viven en el mismo relámpago

«Perteneces ya a lo profundo, al sistema respiratorio de los ángeles». Lo soltó en la vida como si fuese una premonición eterna, otro de esos arrebatos escritos que quizás sean algún día inmortales, el poeta de Álora José Antonio Padilla (1975-2009). 

Ahora este aforismo cierra el libro Colección de Olas para José Antonio Padilla, en el que 50 escritores le dedican aforismos y pequeños poemas abrazando el título del libro en el que recopiló sus aforismos un lustro antes de su prematura muerte. Ahora, ese joven de Álora al que tanta gente quería, permanece en la memoria de quienes han prestado sus letras a este volumen en su homenaje que ha editado el Centro del 27, en una edición de la antigua imprenta Sur cuidada por José Antonio Mesa Toré. 

Se presenta hoy a la 22.00 horas, en una noche de junio como aquella en la que Padilla participó en su último recital, que también tuvo lugar en el hotel Molina Lario en el marco del ciclo Versos y estrellas.
Felipe Benítez Reyes: «Las olas que por destino se van. Pero las que regresan traen siempre la misma espuma».
Álvaro García: «Descansa de su muerte en sus poemas».

José Antonio Garriga Vela: «He demorado el máximo de tiempo posible el momento de sentarme a escribirte. Quizás esperaba un milagro. No me hago a la idea de la muerte. A menudo, mi mente se ausenta para reunirse con los que ya no están. Me encuentro con ellos, viajo con ellos, sueño con ellos. Entonces regresa tu sonrisa, tu atención, tus palabras. ¿Sabes?, creo que la vida eterna de los otros se oculta en nuestro pensamiento. Ahí estas tú, José Antonio, para siempre».
Juan Bonilla: «En todas partes esta sensación de haberme presentado disfrazado a una fiesta de disfraces, que fue desconvocada sin que nadie me avisara».

Amalia Bautista: «La muerte va lanzándonos sus olas. Todos dejan un poco de sal en nuestro llanto. Y cada una se lleva un poco más de vida».
Rafael Ballesteros: «El mismo unto que te da la vida es la misma materia que te da la muerte»
Jesús Aguado: «Pasan los pájaros y escriben en el cielo tus aforismos»

Lorenzo Saval: «La muerte nunca la comprendí y quizá por eso permaneceré siempre vivo».
José Antonio Mesa Toré: «Ah, nuestra vida: ese día de sol en el que llueve».
Elena Medel: «Ahí romper de la palabra, mar de las madres últimas».

Carlos Marzal: «Tal y como nos ve el amor nunca hemos sido».
Aurora Luque: «La espuma ríe, pasa. En la entraña turquesa, memoria cristalina».
José María Lopera: «Te quebró la muerte el verso y, en alas de tu agonía, alzó tu aforismo el vuelo».

María Navarro: «El mar es un murmullo que galopa Trae entre los dientes un horizonte incierto callado, indescifrable La luz en sus espumas y golpea».
Camilo de Ory: «Coinciden los jóvenes enamoradizos y los expertos en geografía en que la belleza natural suele ser inhabitable».
Isabel Pérez Montalbán: «Porque la orfandad me ha perdido por los caminos, pieza a pieza, y lejos de ti sólo se aprende la nevada y el uso del revólver».
Francisco Ruiz Noguera: «Lía la ola en bucle arena y agua: espuma escupe el mar».

Eloy Sánchez Rosillo: «A la vez respiramos la luz y la ceniza. Principio y fin habitan en el mismo relámpago».
Juan Manuel Villalba: «En el breve milagro de ver entre el gentío al amigo querido que ha vuelto de la muerte, echándome en los brazos de un extraño que cruelmente se burla de mi gesto».

Antonio Jiménez Millán: «Cambia una letra y se convierte en tanga. Tal vez descubra las zonas censurada de la memoria infiel».
Julio César Jiménez: «Con nueve años me enroscaba a su costado. Siempre le preguntaba lo mismo. Tú que estás, por tu edad, más cerca, ¿cómo puedes dormir?»
Rafael Inglada. «Sólo calcando una ola, dicen que se la detiene».
José Luis González Vera: «El azar queda lejos. La tarde confabula adjetivos que enhebren tu nombre, José Antonio, en aquella alegría».
David Leo García: «En ti comienzo cuando en mí terminas».

Francisco Fortuny: «Pública hembra es la fama: se va con cualquiera. No serviré: lo que quiero es estar en la gloria».
Ignacio Elguero: «Una palabra se escapa de la vida, mas permanece».
Raúl Díaz Rosales: «Como la ebriedad de los dioses, el gesto último de su desmesura al explotar en belleza ante paganos: así tú, abriendo la frontera de tu cuerpo a mi mañana. Aprendo a crecer en el deseo».

Francisco Cumpián: «Respira el pan con el vino nocturno y la hogaza que tomo vuelve al monte conmigo».
Guillermo Busutil: «Se fue a favor del tiempo, surfeando la poesía. En la mar, la bien cercada, sin completar su edad».
El libro 'Colección de olas para José Antonio Padilla' se presenta esta noche
Ha sido editado en su homenaje por el Centro del 27 en la antigua imprenta Sur
En él sus amigos responden a los aforismos que agrupó en 'Colección de olas'.

20 junio 2016

Yo quisiera ser civilizado como los animales

La historia del Paraíso no termina cuando Adán y Eva son expulsados de él. Al contrario. Edén y humanidad son conceptos incompatibles. El hombre es un demonio. Los animales son ángeles. En el Arca de Noé sobraban el capitán y su familia. 

¿Cómo sería hoy el mundo si al descender las aguas ningún bípedo implume hubiera descendido por la pasarela de la embarcación? La historia del Paraíso terminó cuando nuestros padres, acatando órdenes venidas del Primer Reich, el del Sinaí, crecieron y se reprodujeron. 

Un restaurante de Phoenix ha incluido en la carta hamburguesas de león «para comensales aventureros» (sic) rindiendo así honores, según ellos, a la ubicación africana del campeonato mundial de fútbol. Veintiún dólares cuesta esa delicia nazi. 

¡Si serán idiotas! La ocurrencia les ha valido, de momento, centenares de correos electrónicos enviados por los defensores de los animales y una amenaza de bomba. Cuenten conmigo para encender la mecha. Lobo soy, aunque sólo lo sea para el hombre. En Agadir han vuelto a dar la nota los nipones, los noruegos y los islandeses, empedernidos cazadores de cetáceos. No aceptan la moratoria propuesta por la Comisión Ballenera Internacional. Quieren seguir clavando sus arpones en el lomo de los animales que salvaron a Jonás. 

Melville cometió la misma equivocación de Yavé en el Paraíso. No era Moby Dick el diablo, sino Acab. El 3 de julio estrenan, por fin, en Japón el documental (The Cove) sobre la espeluznante matanza de delfines que año tras año se perpetra en la minúscula ciudad portuaria de Taiji, cuyas aguas tiñe de rojo la sangre de veintitrés mil piezas traicioneramente conducidas a una trampa letal. El estreno de esa película que encoge el alma, previsto para el 23 de junio, tuvo que posponerse por amenazas de la extrema derecha, que la considera un ultraje inferido por los extranjeros a la cultura del Mikado. 

Quienes llegan a Taiji se topan, a modo de nauseabunda bienvenida, con la estatua sonriente de un delfín. No cabe mayor cinismo. ¿Se imaginan lo que sería plantar una efigie de Hitler acariciando a un niño judío frente a la entrada de Auschwitz? Business is business. 

La carne podrida de esos delfines, chorreante de mercurio, se vende barata en los supermercados y forma parte del almuerzo servido en las escuelas. The horror! The horror! El que me inspiran los hombres. Yo quisiera navegar sin ver manchas de sangre en los mares. Yo querría ser civilizado como los animales.

13 junio 2016

Repercusiones de las huelgas

Los mayores perjudicados por la huelga de Metro fueron ayer los trabajadores de a pie, que no tienen seguro su puesto y que, muy probablemente, ganan bastante menos que muchos de los empleados del Metro. 

Muchos de estos usuarios ayer no tenían tan claro que sus jefes no les descontaran las horas o el día por el retraso o ausencia a causa de la huelga del suburbano.

Jose está en el paro y tenía un juicio ayer a las 10 de la mañana. Demandó a su ex jefe por malos rollos en el trabajo. Pero él no vive en el centro, y aunque fue de los que madrugó, había tardado dos horas para llegar a la capital desde el municipio de Arganda del Rey. Eran las 11 y aún le faltaba coger otro autobús para llegar al juzgado de lo laboral. «Todavía estoy peleando para que mi jefe me pague y encima tendré que llegar tarde al juicio y no podré cobrar», se lamentaba.

Ricardo es socorrista de piscinas en Mirasierra. Estaba apurado esperando el autobús. «Yo tengo la llave y no se abrirá hasta que llegue; como el jefe se enfade, no sé qué me hará, aunque creo que lo entenderá», dijo. Mientras hablaba, miraba el reloj. En ese momento ya llevaba más de una hora de retraso. Y todavía tenía que atravesar Madrid.

Álex, obrero de la construcción en Ciudad de los Ángeles, llegaba a Conde de Casal desde Rivas. Tenía que estar a las 9 de la mañana y eran las 11. «Aunque yo creo que mi jefe tiene que entender que no es culpa mía y no me echará», dijo.

Ricardo y Minerva, cocineros, estaban en la misma situación. Él trabaja en un restaurante más allá de Cibeles y venía desde Mejorada del Campo. Ella, en un bar en Atocha. «Hoy la comida se hace sola», decía Minerva. «Pues no sé a qué hora podremos llegar», afirmaba, mientras se acercaba el 14 en la plaza Conde de Casal. La fila para subir al autobús daba vueltas a toda la explanada y Minerva no tenía claro si conseguiría subir en el que llegaba.

06 junio 2016

Los adolescentes sólo aspiran a ser famosos

Me gusta imaginar de qué habla la gente cuando no puedo escucharla. 

Por ejemplo, en las fiestas. Veo a una pareja en un rincón, discretamente apartada. Me fijo en sus caras, en sus gestos, en la forma en que se miran. Y juego a adivinar qué se dicen. Hago lo mismo en la calle, en el AVE, en el cine, en el metro. De esos atisbos a veces surgen ideas o retazos de personajes que acaban formando parte de mis ficciones. Y es curioso, porque la vida no suele darme ocasión de confirmar mis conjeturas, pero las pocas veces que lo ha hecho -de pronto cesa la música y llegan hasta mí las palabras de la pareja, o los que hablan son conocidos míos y yo mismo les pregunto- han bastado para hacerme sospechar que casi siempre me equivoco.

Para muestra, un botón. Feria del Libro de Valladolid. Es martes por la mañana y hay poco público. A la altura del pabellón infantil vislumbro a una amiga editora. Está dentro de su caseta, parapetada tras el mostrador lleno de libros, hablando con una mujer. 

A medida que me acerco tomo nota de la situación. La mujer, a todas luces una visitante de la Feria, lleva el pelo muy corto, unas gafas rectangulares de color rosa, vaqueros rotos y unas botas que le llegan más allá de las rodillas. Botas de pirata, me digo. Lleva también un perro, ignoro de qué raza. Una especie de galgo, con el hocico puntiagudo y las patas muy finas. Mi amiga sonríe, asiente, se sujeta el pelo tras la oreja. Imagino, como es natural, que hablan de libros. Que la mujer le ha pedido consejo o se ha interesado por algún título o autor. Al llegar digo hola y descubro que, una vez más, me he equivocado. No hablan de libros, sino de perros. 

Samuel -así se llama el galgo- está deprimido y lleva varios meses en tratamiento psiquiátrico. Hace pis por toda la casa y se esconde tras el sofá para no tener que salir a la calle. Según el etólogo -el psiquiatra canino- lo que le pasa es que se siente traumatizado por algo. Traumatizado, dice la mujer, y también un poco solo, ya que ella es el único familiar que le queda. Como lo oyen: «familiar». A continuación se despide y desaparece con Samuel entre las frondas del parque del Campo Grande. Mi amiga me mira, suspira, se encoge de hombros y dice: «Podía al menos haberme comprado un libro».

Nada más lejos de mi intención que incomodar a quienes tienen mascotas. En mi casa hubo varias, sobre todo durante mi infancia, y sé el cariño que se les puede llegar a tener y la tragedia que supone su pérdida. Pero no entiendo que se les trate como si fueran personas. Porque, sencillamente, no lo son. Y eso no es lo único que no entiendo. Tampoco entiendo esa moda actual de la sinceridad, ese empeño casi generalizado, especialmente entre los más jóvenes, en decir siempre lo que uno piensa. «Yo soy auténtico», dicen. «Yo voy siempre con la verdad por delante». 

El Síndrome de Gran Hermano, lo llamo yo, no por 1984, la genial novela de George Orwell, sino por los concursantes del reality televisivo, ilustres abanderados de la franqueza a quemarropa. Alguien debería explicarles que decir siempre lo que se piensa, sobre todo si nadie te ha preguntado, no es una muestra de solidez moral, sino de una inmadurez galopante. Ni siquiera los niños dicen la verdad todo el rato. Hay innumerables motivos para, en determinadas circunstancias, guardarnos nuestras opiniones. Por discreción. Por piedad. Por educación. Por respeto. Por elegancia -esa gran desconocida-. Por amor. Por pura supervivencia… Y lo que más me llama la atención es que, por lo que veo, ese candor temerario es estrictamente unidireccional. Es decir, si a algún incauto se le ocurre pagar a estos adalides de la sinceridad con la misma moneda, si alguien se planta y les dice lo que piensa, entonces arde Troya. Puños de hierro y mandíbula de cristal, como dice un amigo mío.

Y hablando de amigos. Yo tengo pocos y de hace muchos años. Amistades cocinadas a fuego lento, algunas de ellas desde la infancia. Por eso me maravilla que ahora, con la invención de las redes sociales, los internautas lleguen a contar a sus amigos por miles. O yo soy un individuo asocial -cosa que no descarto- o en los últimos tiempos el significado de la palabra «amigo» ha cambiado bastante. Miles de amigos: no lo entiendo. No entiendo por qué hoy en día son los alumnos quienes mandan en los colegios ni por qué ya casi nadie quiere estudiar carreras de Letras. No entiendo que en los anuncios publicitarios se insista tanto en que seamos «nosotros mismos». ¿Acaso, por suerte o por desgracia, podemos ser otra cosa? No entiendo que, según se desprende de una encuesta sobre expectativas profesionales, muchos de nuestros adolescentes sólo quieran ser «famosos». 

No entiendo lo que ponía en la camiseta de un hombre con el que me crucé el otro día en la calle: «Nunca pienses las cosas dos veces». Y, puestos a no entender, no entiendo por qué me tengo que llenar yo el depósito en las gasolineras, ni por qué las series de televisión españolas son tan mediocres, ni por qué sigue haciendo tan malo, si ya estamos en junio. Hay muchas más cosas que no entiendo -muchísimas-, pero se me acaba el espacio. Y se me ocurre que quizás por eso me dedico a escribir: porque no entiendo casi nada.

30 mayo 2016

José Saramago un hombre digno y honesto

Andalucía en general y Sevilla en particular estarán siempre en deuda con Pilar del Río, periodista granadina afincada durante muchos años en Sevilla, desde que hace más de veinte años se convirtiera en el lado más dulce de José Saramago. 

Ella nos acercó al escritor, lo convirtió en andaluz de pleno derecho y era la vía más rápida y eficaz para conectar con un auténtico militante de la vida y de la honestidad. Pilar lo dejó todo para dedicarse en cuerpo y alma al hombre que quería e idolatraba sin fisuras. No es fácil ser tan generosa con los demás y tan desprendido de sí mismo.

Los lectores en lengua española también le debemos su labor de traductora, que más que auténticas traducciones eran originales vertidos al castellano, y sobre todo que supiera convertirse en el complemento perfecto de un autor al que la palabra escritor se le quedaba pequeña. Gracias a ella esta tierra pudo disfrutar más de un escritor importante y sobre todo de una persona excepcional.

Siempre admiré la dignidad y la honestidad de un hombre que llevaba en su frente grabada la palabra 'moral', en un mundo donde ese concepto ya casi no existe. Era un francotirador de otros tiempos donde la ideología existía, como también algo que se llamaba compromiso y lealtad con las ideas. La muerte de Saramago nos retrotrae a otros tiempos, a otra manera de comportarse, a otra forma de darle sentido a la vida. 

Él, sin saberlo posiblemente, me remite a esos héroes fordianos, que nunca ocultan sus aristas más duras, pero que tampoco renuncian a su lado más dulce. Siempre me recordará a John Wayne, lo siento por la comparación que imagino no le haría mucha gracia, cuando en El hombre que mató a Liberty Valance llevaba un cactus a la mujer que quería conquistar, encarnando así unos de los personajes más frágilmente duros de la historia del cine.

Saramago en realidad nunca fue un auténtico Premio Nobel de Literatura, como bien afirma su muy cercana amiga Mercedes de Pablos, sino un auténtico Nobel de la Paz. A diferencia de lo que suele ocurrir en estos casos, la obtención del máximo galardón literario le sirvió básicamente para difundir su verdad, que no era otra que la defensa de los más débiles, las causas más desesperadas y la recuperación de algo que hoy nos parece tan alejado de la realidad como es el escritor comprometido. En este y en otros aspectos de su vida, Saramago representa un modelo a extinguir, un hombre que luchó contra el sistema precisamente con las armas que le proporcionaba el propio sistema. Ver a Saramago como un luchador solitario es no enterarse de nada, entre otras cosas porque Pilar siempre estuvo a su lado y sobre todo porque él estaba en perpetuo contacto con la realidad más cercana. Jamás renegó de lo que sucedía a su alrededor, aun a costa de correr el peligro de ser malinterpretado.

Hombre de viejos principios, de rudas convicciones de las que nunca abdicó, como tiene que ser, como ha sido siempre en la gente de bien. Persona íntegra antes que escritor reconocido universalmente, hombre cercano antes que estrella fulgurante de la literatura. Él, como pocos, ha sabido acercarnos a nuestras pesadillas más profundas pero, eso sí, manteniendo siempre la esperanza de una lucha que no se puede ni se debe acabar. Me quedo en mi recuerdo con la mañana en la que me encontré con Pilar acompañando al escritor por Sevilla y en la que me comunicó que iban a casarse, de la felicidad que irradiaban ambos, del gesto pausado y gentil de la elegancia de ese campesino del alma que siempre llevo dentro, de la humildad de los auténticamente grandes, del infinito valor de lo que significa la palabra amor.